sábado, 18 de febrero de 2017

Biografía de Edward Jan Habich - 9. Habich y la Guerra con Chile

  • En 1879 la Escuela de Ingenieros estaba todavía consolidando su estructura. Biblioteca, laboratorios, museos, gabinetes y enseres llenaban ya muchas de las dependencias del local. Pero faltaba aún mucho por hacer. Para una institución en proceso de consolidación, la guerra y la ocupación del país por ejércitos enemigos es una prueba demasiado dura. Antes de concluir el año escolar de 1880 fue necesario interrumpir las labores porque los alumnos tuvieron que engrosar las filas del ejército y los profesores fueron solicitados para prestar sus servicios técnicos en la construcción de las defensas. Habich vio con dolor la dispersión de su gente. Los claustros se quedaron vacíos y un silencio de muerte recorrió las aulas y los patios llenos antes del bullicio estudiantil. Las tropas chilenas entraron a saco en la ciudad y convirtieron la Escuela de Ingenieros en un cuartel. Hay un dolor reprimido en la descripción que hace Habich de estos momentos en 1883. “Vino, por fin, el año de 1881 y con él la ocupación de Lima por el ejército chileno, convirtiéndose la Escuela en cuartel. Todo lo que no fue llevado por los chilenos , fue destruído no quedando al momento de su salida en 1883, sino pura y simplemente el local, y éste en el más completo estado de inmundicia y ruina”.
  • Pero el espíritu de Habich, que conocía la lucha en defensa de los valores nacionales, no podría arredrarse ante el invasor. Duro es confesar que algunos de los profesores extranjeros y no pocos ingenieros del Estado abandonaron nuestras costas cuando el peligro se cernía sobre nuestras fronteras. No faltaron a Habich propuestas de Europa y de otros países latinoamericanos. Pero ¿acaso sería capaz de separarse de una obra apenas iniciada y ya destruida? No en vano pudieron decir los periódicos que el ingeniero Habich nos acompañó en nuestros momentos aciagos. Permaneció entre nosotros. Es más, se presentó ante el Jefe del ejército invasor para increparle la brutalidad de la soldadesca. He conocido, le decía, el barbarismo de los zares y he sufrido en carne propia su ferocidad, pero los rusos nunca se atrevieron en Polonia a tocar las instituciones de enseñanza. Vuestro ejército, proseguía Habich con un nacionalismo poco frecuente entre extranjeros, ha saqueado nuestro patrimonio cultural, ha practicado el pillaje en la Biblioteca Nacional y ha destruido los enseres y pertenencias de la Escuela de Ingenieros mostrando instintos más bárbaros que los feroces cosacos.
  • La increpación de Habich no dio todo el resultado apetecido. Le fue permitido solamente acercarse a los muros de la Escuela con dos carretillas y extraer el material que entrase en ellas. Pudo así salvar parte del archivo de la secretaría y de la dirección, que guarda hoy celosamente la Universidad Nacional de Ingeniería porque en esos documentos se da cuenta de los primeros pasos de la Escuela. Pero la mayor parte de los enseres fueron destruidos, los libros desmantelados, rotos los laboratorios y aun las cañerías dejadas en estado de inmundicia y ruina. ¿Que se podía hacer ante tal situación? La huida era una posición demasiado fácil para un hombre avezado a la lucha.
  • Sin contentarse con el estado de cosas, Habich acude a la única autoridad peruana del momento, el Alcalde Municipal de Lima, “A fin de que arreglara con las autoridades chilenas el modo más eficaz de resguardar el material del establecimiento, “pero tanto mi representación verbal -dice en un informe en 1883- llevada a cabo en los primeros días de febrero de 1881, como la que por escrito elevé al Sr., Alcalde en 16 del mismo mes, no dieron resultado alguno”. Instalado el Gobierno Provisorio, Habich se dirige al ministro de instrucción con el mismo objeto obteniendo el mismo resultado.
  • A pesar de las dificultades, de la carencia de local, enseres e instrumental de enseñanza, se abren las puertas de la Escuela en mayo de 1881 en un departamento del Instituto Matemático prestado por José Granda. A este local improvisado e inaparente acudieron alumnos y profesores para continuar con las labores académicas. Por otra parte, no había presupuesto para cubrir los gastos de mantenimiento y de sueldos. Por la ley de 1877 se había concedido a la Escuela recoger quince soles al semestre por pertenencia minera por concepto de impuesto. Esta entrada única fue suprimida en los años de guerra. Durante cuatro largos años los profesores y empleados reciben solamente una “buena cuenta” que cubría una parte mínima del sueldo establecido. En 1883, por ejemplo, se adeudan a Habich 12,133 soles de los 13,000 que debería haber recibido desde 1881.
  • Parecería que todo se confabulaba secretamente para disuadir a Habich de proseguir con la obra emprendida. Pero el hombre que supo hacer frente con un puñado de voluntarios mal armados al ejército de los zares estaba hecho a las dificultades, a la penuria, a caminar entre tropiezos. Y junto a él estaban quienes permanecieron fieles a su tarea de maestros porque conocían la trascendencia de la Escuela de Ingenieros. Había que reconstruir el Perú y nada podía contribuir mejor a esa reconstrucción, según la mente de Habich, que dotar al país de hombres disciplinados y capaces de explotar técnicamente las fuentes productivas.
  • Con un esfuerzo mancomunado se comenzó la reconstrucción. El local del Instituto Científico que prestara Granda era un viejo establecimiento que estaba derruido. Se alquila entonces por cien soles mensuales el Convento de Santo Domingo hasta que se practiquen las refacciones en el antiguo local. Había que volver a dotar a la Escuela de biblioteca o instrumentos de enseñanza. Habich acude para ello a particulares e instituciones nacionales y extranjeras pidiendo donativos, subscripciones gratuitas a revistas, muestras mineralógicas para los museos. Porque en las actuales circunstancias de depresión nacional, anota Habich, debemos reconstruirnos por el trabajo metódico y constante. Renace, pues, la Escuela con nuevos bríos empeñada en cumplir la tarea de dotar al Perú de directores del proceso de tecnificación en el que se estaba iniciando el país.
Alumnos en el antiguo laboratorio de Química de la Escuela de Ingenieros del Perú

Biografía de Edward Jan Habich - 8. Creación de la Escuela de Ingenieros

  • En enero de 1875 el Congreso autorizó al Ejecutivo para crear una Escuela de Minas, destinando 50.000 soles para los gastos de su instalación. Para llevar a la práctica esta autorización sabemos ya que Manuel Pardo envió a Habich a Europa para conseguir maestros y material de enseñanza. Por otra parte, en el Reglamento General de Instrucción Pública de 1876 se insistía en el artículo 343 “en la necesidad de crear Escuelas Superiores entre las que se nombra una Escuela de Ingenieros. El mismo 18 de Marzo de 1876 se aprueba el Reglamento Orgánico de la Escuela Especial de Construcciones Civiles y de Minas.
  • ¿Qué se pretendía con el nuevo centro de instrucción? En el artículo primero del Reglamento Orgánico se señalaba que “La Escuela de Construcciones Civiles y de Minas tiene poro objeto formar directores y conductores de trabajos de ingeniería civil, de explotación de minas, de establecimientos metalúrgicos e industrias químicas, propias del país”.
  • Los fines y objetivos de la Escuela, tal y como Habich los intuyera, quedaron plasmados en ese primer artículo. Se abandona, pues, la vieja idea de una escuela exclusiva de minas al estilo de las del barón de Nordenflicht o de Mariano de Rivero y Ustariz, para dar paso a una concepción más amplia. El criterio usado para la creación del nuevo centro dice directa relación a las necesidades del país. Se abrían dos ramas, Construcciones Civiles y Minas, por ser las de mayor urgencia en el Perú de 1876, pero a medida que fuesen aumentando las necesidades, se irían abriendo otras especialidades en consonancia con el criterio rector.
  • El Reglamento no hacía sino dar forma legal al pensamiento de Habich quien estaba convencido de la urgencia de formar en el Perú a los hombres que el Perú necesitaba para la mejor explotación de sus riquezas naturales. Basta recorrer los muchos escritos de Habich para cerciorarse de la importancia que atribuía a la minería y a las obras de irrigación. En el discurso de apertura de la Escuela decía “Las divisiones de la Escuela corresponden a las principales necesidades del país, cuyo porvenir depende de la extensión de sus vías de comunicación, del desarrollo de la explotación de sus riquezas naturales, del fomento de sus industrias y principalmente de la industria agrícola ligada por circunstancias climatológicas con obras hidráulicas de irrigación artificial. Las demás industrias hallarán también lugar en el desenvolvimiento progresivo de la enseñanza de la Escuela. El tiempo y la experiencia indicarán la mejor dirección y amplitud que deben darse a los estudios en varias especialidades”.
  • Fácil es, pues, advertir que para Habich los progresos de la Escuela y el proceso de tecnificación del país deben caminar en sintonía. La repetida frase “las necesidades del país” alude entonces no sólo a la causa que da origen a la Escuela sino al criterio que marcará el ritmo de su continuo desarrollo. En la Escuela se prepara a los hombres capaces de convertir las maneras empíricas de explotación de las riquezas naturales en una actividad científico-técnica a la que se acostumbra a los alumnos dosificando equilibradamente teoría y práctica.
  • Informada la Escuela con estos criterios que vierten el sentir de Habich se abre la inscripción y se inician las tareas escolares oficialmente el 23 de julio de 1876. Por decreto del 9 de mayo Habich había sido nombrado director.
  • Así nace la Escuela especial de Ingenieros de Construcciones Civiles y de Minas. Para Habich es la respuesta al último y más fecundo reto de su vida. Para los gobernantes es la creación de nuevas fuentes de ingreso para el Estado. Para los directamente beneficiarios, mineros y agricultores, comerciantes y pequeños industriales, la Escuela significa un nuevo paso hacia el ansiado progreso. Para el Perú de todos, una nueva veta de trabajo tecnificado y un lazo más que le unirá a Occidente. Para los grupos económicos europeos y norteamericanos, la posibilitación de áreas de inversión de capital. Para la estructura educativa del país, la Escuela supone el inicio efectivo de los sistemas empíricos y la valoración de la experiencia como piedra de toque de todo posible conocimiento que quiera ser tenido como verdadero. Para la sociedad peruana, la gestación de un tipo humano, el profesional técnico, que orientado por la utilidad como valor clave, estrenará una manera inédita entre nosotros de ser hombre.
  • En los claustros de la Escuela, ubicada en los viejos muros del Convictorio Carolino, se congregaban los más célebres científicos y técnicos de la época: Folkierski, Bruge, Martinet, Delsol, du Chatenet y tantos otros que secundaron cercanamente la tarea de Eduardo de Juan de Habich. Pronto llegarán los jóvenes peruanos, como primera generación de los maestros extranjeros, que supieron recoger la lección de seriedad y constancia dejada por sus profesores: Fuchs, Remy, Valdizán, Giraldo, Lissón hijo, Villarreal, Elmore hijo, Edmundo N. de Habich, Godofredo García, José J. Bravo y muchos otros.
  • Los alumnos provenían principalmente de la Facultad de Ciencias de San Marcos como G. García, M. Prado Ugarteche, F. Villarreal, que entraban en la Escuela habiendo obtenido el bachillerato y aún el doctorado en algunas de las especialidades científicas. Algunos egresados de la Escuela de Artes y Oficios engrosaron también las filas de los primeros ingenieros. No pocos de los ayudantes del Cuerpo de Ingenieros del Estado, que tenían ya una abundante experiencia profesional, perfeccionaron su formación siguiendo los cursos de la Escuela. Cuando en 1878 se instala la sección preparatoria oficialmente, en la que los estudiantes recibían instrucción básica en Matemáticas, Física y Química, comenzarán a afluir de los centros de Instrucción Media, principalmente del Colegio de Nuestra Señora de Guadalupe que dirigía con tanto acierto Sebastián Lorente.
  • En la Escuela de Ingenieros Habich desarrolló sus capacidades de maestro. Con un arte difícil de conseguir y más difícil de conservar, armonizó equilibradamente rigidez y suavidad, disciplina y afecto. Si era necesario reprender, el director llamaba al alumno y le amonestaba antes de imponer el castigo. Pero si la falta se repetía, venía la sanción que oscilaba desde la separación temporal de la Escuela con aviso a los padres o tutores hasta la expulsión definitiva. Habich estaba convencido de que la ingeniería en el Perú exigía mucho vencimiento interior y preparaba a sus alumnos formándoles la voluntad y acostumbrándolos a la responsabilidad. Por su influencia se establece en la Escuela un trato paterno-filial entre discípulos y maestros. Los alumnos sabían acudir a él en sus dificultades, para conseguir un puesto de trabajo, para pedirle recomendaciones cuando salen a desempeñar cargos al servicio del Gobierno o de particulares. Instaura también una relación cercana con los padres y tutores. Día tras día salen las cartas del director para ellos avisándoles de las deficiencias de sus pupilos o felicitándoles por los éxitos obtenidos por ellos. Cuando se producen situaciones anormales, Habich no tiene inconveniente en romper la disciplina regular para contemplar las circunstancias de excepción. La estima de que se vio rodeado por sus alumnos no era sino la respuesta natural de éstos al trato afectuoso del maestro que comprendía a cada uno según sus problemas individuales.
  • Los estudios se organizan divididos en tres años al cabo de los cuales los alumnos podían obtener el título de Ingenieros en Construcciones Civiles o en Minas. La enseñanza se divide en teórica y práctica, consistiendo ésta en ejercicios en laboratorios, museos y gabinetes, en visitas a centros mineros o a la ejecución de obras de construcción. En los veranos salían los alumnos acompañados de un profesor a las excursiones científicas en las que conocían la realidad ingenieril del país, la situación de las fuentes productivas, los medios reales que se usaban en su explotación, y se iba identificando con la vida que luego tendrían que desarrollar como profesionales.
  • Los profesores provenían de la Facultad de Ciencias de San Marcos y del Cuerpo de Ingenieros del Estado. También por ellos velaba Habich como si le estuviesen encomendados. Entiende sus dificultades y procura aliviar sus penurias. Con suavidad y rigidez al mismo tiempo les exige el cumplimiento del deber como maestros y sabe ser inflexible para el desorden y la irresponsabilidad. Para ellos será siempre el director, aun cuando Habich prefería considerarse como un colega más.
Alumnos en el antiguo laboratorio de docimasia de la Escuela de Ingenieros del Perú

Biografía de Edward Jan Habich - 7. El Reglamento General de Instrucción

  • Mientras el Perú necesitaba explotar nuevas fuentes productivas, en el área de la educación no formaba sino a científicos puros, ajenos a la aplicación directa de los conocimientos, a profesionales liberales y a técnicos de mando medio u obreros especializados salidos de las aulas de la Escuela de Artes y Oficios de Lima. Desde el especulacionismo de la Facultad de Ciencias de San Marcos, de reciente creación, hasta el practicismo de la Escuela de Artes y Oficios no había un paso intermedio. Por otra parte, todo el sistema educativo estaba regido por el Decreto de 1855 que no hacía sino añadir algunos elementos sin sistematizar propiamente el problema de la enseñanza. La urgencia de un reglamento general era, pues, evidente. Consciente de estas necesidades, Manuel Pardo había pensado en la creación de una Escuela de Ingenieros y en la reforma de la estructura educativa en el país.
  • Comisionado por el Gobierno, Habich viaja a Europa para conseguir profesores, programas, libros y material de enseñanza para una futura Escuela de Minas. Mientras recorría las principales instituciones de instrucción técnica, Manuel Pardo, a través del Ministerio de Instrucción, Justicia, Culto y Beneficencia, decreta la modificación del Reglamento de Instrucción Pública de 1855. Se nombra una comisión compuesta por J. A. Roca, M. A Fuentes, C. Ulloa, P. Pradier Foderé, J. J. Granda y P. Paz Soldán y Unánue, el literato que responde al nombre de Juan de Arona. Terminado el proyecto se designa una Junta Consultiva que inicia sus sesiones el 25 de septiembre de 1875.
  • Al regresar Habich de Europa, se lee en un documento manuscrito que se conserva en el Archivo Histórico de la Universidad Nacional de Ingeniería, “...el mismo Sr. Pardo nombró al Sr. Habich para que tomara parte en la Junta Consultiva de Instrucción para organizar una Escuela Especial de Minas”. El 29 de noviembre comenzó la Junta a ocuparse de la organización de los estudios de la Facultad de Ciencias conforme al plan presentado por Habich y Folkierski. El proyecto de los ingenieros polacos tendía a convertir a la Facultad de Ciencias en una escuela politécnica a fin de acomodarla a las necesidades de tecnificación del país.
  • No parece que el proyecto Habich-Folkierski tuviera buena acogida entre los científicos sanmarquinos, quienes se inclinan, más bien, a crear una escuela técnica separada de la Universidad, siguiendo las directrices trazadas por los ingenieros. En opinión de José Granda era esto lo más conveniente puesto que la Facultad de Ciencias no satisfacía ninguna necesidad real de la sociedad. Duras debieron parecer estas palabras no sólo porque provenían de un connotado científico sino porque ponían en entredicho a un centro de estudios de tan reciente creación.
  • En el proyecto de ley que será finalmente aprobado el 18 de marzo de 1876 se proponen ciertos cambios en la Facultad de Ciencias de notable significación en cuanto a la metodología de la enseñanza. La proposición de Habich y Folkierski no consigue cambiar sustancialmente la estructura de la Facultad aun cuando se dé más importancia a la práctica en laboratorios y gabinetes, pero convence a los miembros de la Junta Consultiva de la necesidad de propiciar la creación de una Escuela de Ingenieros.

Alumnos en el antiguo laboratorio de docimasia de la Escuela de Ingenieros del Perú

Biografía de Edward Jan Habich - 6. Reforma del Cuerpo de Ingenieros del Estado

  • Llevaba ya Habich tres años al contacto con nuestra realidad y era tal la tarea que se le presentaba por hacer que no dudó en renovar su contrato. En los últimos meses de 1872 nombra el Gobierno a Mariano Echegaray, Felipe Arancivia, Eduardo de Habich y Alfredo Weiler para formar una comisión encargada de redactar un nuevo Reglamento del Cuerpo de Ingenieros del Estado. Nos permitimos transcribir parte del informe emitido por los ingenieros porque refleja mucho de la mentalidad de la época y, en concreto, de nuestros primeros ingenieros. “La creación de la Junta Central tiene por objeto asegurar al Gobierno el concurso de un cuerpo competente, para ilustrarlo en sus decisiones y darle a conocer las aptitudes de los que pretenden ingresar al Cuerpo de Ingenieros y Arquitectos, punto en que no se puede tener demasiado esmero porque de él depende toda la eficacia de este cuerpo y al que no se puede atender debidamente, si el consejo que examina los títulos y conocimientos de estos individuos no es compuesto de personas que han hecho estudios profesionales”.
  • Se trata de crear un cuerpo asesor del Gobierno “capaz de proyectar, ejecutar y vigilar las obras públicas de interés general, estudiar el territorio de la República y reconocer sus riquezas minerales” como se especifica en el artículo primero del reglamento del Cuerpo de Ingenieros aprobado por Manuel Pardo el 21 de octubre de 1872.
  • La labor de este organismo y, especialmente, de su Junta Central no era ciertamente secundaria. Había que poner al país en marcha hacia la tecnificación para la mejor explotación de nuestras riquezas en una época en la que la economía del guano había entrado ya en abierta decadencia. Los entonces Ingenieros del Estado, extranjeros en su mayoría, comprendieron que la única manera de hacer producir eficazmente al Perú era estudiar científicamente sus riquezas naturales y planificar racionalmente los sistemas de explotación. Habich se percató tan de lleno de este principio que no se contentó con contribuir a la explotación de los recursos naturales sino que entrevió la urgente necesidad de posibilitar también el desarrollo de nuestro capital humano.
  • Pasados apenas dos meses de la dación de la ley que aprobaba el Reglamento del Cuerpo de Ingenieros, la Junta Central especifica con perfecta claridad la necesidad de montar un aparato legal que permita el acceso hasta el grado de ingeniero a los jóvenes peruanos más sobresalientes. Por ese tiempo la Escuela de Artes y Oficios de Lima, que había dirigido Manuel de Mendiburu y que luego reconstruyera Pedro E. Paulet, preparaba a los alumnos en un conjunto de habilidades mecánicas más apto para secundar que para dirigir las obras de ingeniería.
  • Dentro del Cuerpo de Ingenieros había diversas clases y grados: ingenieros, arquitectos y ayudantes. Pero hasta entonces estaba vedado el camino a los grados de ingeniero y arquitecto para aquellos que no hubiesen realizado estudios profesionales. El Perú no contaba con una Escuela de Ingenieros, por lo que los peruanos se veían reducidos a la tarea de ayudantes de los extranjeros. La Junta Central propone pues que “no debiendo ponerse en el caso de que un joven quede eternamente en clase de ayudante, es necesario obligarlo, por decirlo así, a que avance en la carrera, para que al cabo de un corto número de años pueda el Perú contar con bastantes Ingenieros peruanos, que puedan prestar servicios útiles tanto al gobierno como a las Municipalidades y aun a los particulares”. En vista de este criterio se recomienda que los ayudantes de primera clase, después de dos años de un servicio irreprochable para el Estado, tengan el derecho a optar al título de Ingeniero pasando por diversos exámenes de conocimiento y por muestras de sus capacidades técnicas. El servicio se convertía entonces en una escuela teórica y práctica. De esta manera se solucionaba la falta de una Escuela de Ingenieros.
  • Concluída esta misión, Habich se decide a renovar su contrato que expiraba en octubre de 1872. No creemos que se le presentase la tentación del regreso a Europa ni de hacer caso a otras ofertas de parte de Gobiernos Latinoamericanos porque estaba tan identificado con el Perú y tan percatado de sus necesidades y de la inmensa tarea que podía desarrollar que no era necesario convencerlo para que permaneciera en el país. Por otra parte, las gentes que mandaban en el Perú sabían que aquel extranjero no había venido solamente a poner parches a nuestros defectos congénitos y servir friamente a un Gobierno para justificar un sueldo que curiosamente no aumentó en cuarenta años. Habich estudiaba los problemas en su raíz y proponía remedios orientados hacia la fuente originaria de donde provenían. El Perú carecía de técnicos para la mejor explotación de fuentes productivas. Una solución podría haber sido importarlas. Pero para Habich la solución permanente al problema estaba en la gestación de los hombres capaces de crear esas técnicas.
  • Las múltiples comisiones que desempeñaba y que ocupaban su tiempo dentro y fuera de la capital, le obligaban a distraerse de lo que entendía como el problema nerval. En 1872 y 1873 es encargado de recibir el ferrocarril de Ilo a Moquegua que Meiggs terminara y en el que éste no se había ajustado a los términos del contrato celebrado con el Gobierno Peruano. Se encomienda a Habich defender los derechos del Perú y lo hace como si se tratara de su propio país. Emite después diversos informes sobre construcciones de iglesias en Tacna y Arica, sobre los ferrocarriles Juliaca-Cuzco y Chimbote-Huaraz-Recuay, sobre el puente Balta y sobre otro puente en el Rimac.
  • Así iba contribuyendo Habich al proceso de tecnificación del país. A través de los informes podemos advertir muchos de los rasgos de su personalidad y de las ideas directrices de su obrar como profesional. En Europa había conocido las más importantes construcciones y había sido testigo presencial del progreso alcanzado por los pueblos europeos a raíz de la tecnificación. Al llegar al Perú tendrá, pues, como ejemplo al que acude siempre consciente o inconscientemente “lo que se hace en los países más adelantados”.
  • Pero en el Habich peruano no se da solamente la herencia recibida en Europa. Llegó a las costas peruanas lo suficientemente joven como para aceptar aprender de la realidad. Desde su primera misión se había percatado de las dificultades que acechaban a los ingenieros en nuestro medio y que superaban cuantos tropiezos pudiesen tener los técnicos europeos. En el Perú había que domeñar una naturaleza indómita, unos ríos que rompen violentamente sus cauces varias veces al año, un desierto yelmo y reseco capaz de desafiar la constancia de las más férreas voluntades y unos montes que se elevan por sobre los seis mil metros como un puño que reta al tecnicismo mundial. Por eso era necesario aprestarse para la lucha con una naturaleza brava en demasía en donde, además, “faltan los recursos de toda clase”. Algo de ese viejo militarismo dejado en las fronteras polacas le fue necesario para dar respuesta a este nuevo desafío. Porque en el Perú no sólo faltaban los recursos para explotar las riquezas. Dada la ordenación política imperante, hecha de muchos retazos, los escasos recursos explotados habían sido hábilmente orientados por los grupos de poder económico hacia sus propios beneficios. Era pues necesario un notable caudal de conocimientos para modelar la naturaleza según las apetencias del vivir humano, había que estudiar cuidadosamente los proyectos y experimentarlos antes de decidir su ejecución, pero era también necesaria una dosis no menor de integridad personal y de ética profesional para hacer que las obras revirtiesen en bien de la colectividad y no sólo en provecho de unos pocos. De la unión de la ciencia y de la técnica recibidas en Europa al conocimiento experiencial de nuestra realidad natural y humana, sacó Habich esa sabiduría práctica que se tradujo en obras de indudable contribución al progreso del país según los cánones valorativos del momento.

Biografía de Edward Jan Habich - 5. Primeras comisiones

  • Un mes bastó a Habich para instalarse en Lima y comenzar a entrar en contacto con un ambiente del que no separaría jamás. Suponemos que durante esta época inició el estudio del castellano que le demandó algún tiempo porque en el primer año redacta sus informes en francés, siendo traducidos por Teodoro Elmore. Habich conocía perfectamente el francés además del polaco, el ruso y el alemán. Más tarde dominará también el castellano como muestra el estilo terso y diáfano de sus muchos escritos.
  • En enero de 1870 se le encomienda la primera comisión. “Siendo las obras de irrigación las que más contribuyen al desarrollo de la agricultura, que es uno de los ramos más importantes que constituye la riqueza nacional, se dispone: que el Ingeniero del Estado, D. Eduardo Habich, se encargue de practicar los estudios convenientes de la pampa de Tamarugal, en el Departamento de Tarapacá, en donde según afirma la tradición, existen corrientes subterráneas que descienden del desaguadero. Dicho ingeniero verificará también los estudios necesarios, con el fin de aumentar las aguas del río Tarapacá”.
  • El primer viaje que Habich hiciera por el Perú le convenció de que si eran muchas las posibilidades que se abrían en el vasto territorio nacional, era también muy grande el esfuerzo que había que desplegar para hacer rendir a la tierra los frutos que de ella se necesitaban. Acostumbrado a la vegetación europea, debió causar admiración en Habich la sequedad de nuestros desiertos costeños raramente interrumpidos por frondosos valles. Su primera misión estaba precisamente relacionada con el arduo problema de la irrigación de esas pampas desérticas que esperan sólo el agua buena para producir abundosas cosechas.
  • Mientras Habich trabajaba en Tarapacá, otro ingeniero, Alejandro M. Guido de Vignau, había sido encargado de construir un canal para conducir las aguas del río Laoca y sus afluentes al valle de Azapa. Parece que el estudio de Guido de Vignau tenía ciertas deficiencias porque en agosto de 1870 se encarga a Habich que revise los análisis del mencionado ingeniero, debiendo ocuparse luego de hacer en Locumba los estudios pertinentes para la irrigación de ese valle y permanecer en Moquegua a las órdenes del prefecto para dirigir las obras públicas del departamento.
  • Habich presenta el informe relativo a la comisión de Azapa en un trabajo que en su opinión “es el resultado de una penosa y difícil misión” puesto que no se contentó con revisar los estudios sino que amplió la comisión dada por el Gobierno examinando todos los proyectos y el estado del valle a fin de proveerlo del agua necesaria para su mejor irrigación. Concluidos los estudios en Azapa se traslada a Locumba, emitiendo el informe correspondiente en noviembre de 1870. Permanece por algún tiempo en Arica en donde se proyecta la construcción de un hospital.
  • Más de un año había gastado Habich en las comisiones de una parte del Perú que no tardará en ser desgajada de la unidad del territorio nacional. Al regreso a Lima es destacado a los trabajos de reparación del ferrocarril de la Oroya. Parece que el ferrocarril central desde su inicio supuso un constante reto a la ingeniería peruana. El Rimac se había desbordado causando inundaciones que duraron ocho días. Habich estima que el accidente se debía al descuido de los hacendados que se despreocupaban de los muros de contención. Por otra parte, no creía Habich conveniente levantar nuevos muros que favorecían más a los hacendados que a la vía misma. Termina el informe haciendo caer en la cuenta que en casos de ríos torrentosos como el Rimac, antes de aventurarse a construir determinado tipo de muros, era necesario hacer un ensayo hasta que la misma experiencia enseñara cuál sería el más adecuado.
  • Adviértase la actitud técnica de Habich. No se trata de aplicar moldes aprendidos sino de estudiar primero la realidad, ensayando experimentalmente varias alternativas, para luego determinar con precisión, según el veredicto de la experiencia, el que más convenga a las circunstancias concretas de tiempo y lugar. Interesante actitud que si se hubiese seguido en el Perú habría hecho de nuestros técnicos hombres creativos, capaces de encontrar mejores soluciones al reto concreto de nuestra naturaleza.
Un aula de clases en la antigua Escuela de Ingenieros del Perú

Biografía de Edward Jan Habich - 4. Hacia el Perú

  • Al regreso a París Habich ocupó diversos cargos en la Escuela Superior Polaca. En esta escuela se reunían los hijos de Polonia que habían visto en el destierro una salida digna a un patriotismo que no les permitía colaborar con los zares. Desde 1865 dirige este centro de estudios, pero por razones personales no especificadas -suponemos que estas razones tienen que ver con la falta de apoyo de Francia a la revolución del 63- renuncia a este cargo en octubre de 1868. De su labor como director pudo decir el Príncipe Czartovyski “Es al celo y clara inteligencia del Sr. de Habich, que debe la Escuela el honorable rango que ocupa entre los establecimientos preparatorios a las Escuelas Francesas. En efecto, gracias al fuerte impulso que el Sr. Habich ha sabido imprimir a los estudios, cerca de sesenta jóvenes polacos han sido admitidos en diferentes escuelas del Estado”.
  • ¿Qué ocurría por aquellos años en el Perú? El 2 de agosto de 1868 ocupaba la presidencia de la república Balta. Un año más tarde autorizaba al representante de negocios del Perú en Francia a contratar ingenieros para el servicio del Estado. Enterado Emilio Bonifaz, nuestro encargado de negocios, de la salida de Habich de la Escuela Superior se acerca al maestro polaco para proponerle la posibilidad de trasladarse al Perú. Después de varias conversaciones se firma un contrato de locación de servicios el 14 de octubre de 1869. En él se estipula que “El Sr. de Habich, entra al servicio de la república del Perú, para ir y ejercer su profesión y ejecutar de acuerdo con las órdenes del gobierno todos los trabajos relacionados con ella y particularmente los trabajos hidráulicos para la práctica de los cuales, el Sr. de Habich, se reconoce perfectamente apto y ha proporcionado además certificados que (lo) constatan. El Sr. de Habich recibirá como remuneración la suma anual de s/. 4,000.00, pagadera mensualmente en plata”. Se determina también en el contrato que Habich debe permanecer al menos tres años en el Perú y que se compromete, en el caso de que el gobierno decida la creación de una Escuela de Ingenieros, a ponerse a sus órdenes para enseñar todo lo que se relacione con los estudios especiales de esta profesión.
  • Decidido, pues, a trabajar para el Perú, Habich se embarca en Saint Nazaire el 8 de noviembre de 1869 y llega al Callao el 9 de diciembre del mismo año.

Biografía de Edward Jan Habich - 3. La revolución polaca de 1863

  • El espíritu nacionalista de Polonia aplastado por la imposición de los zares rusos resurgió en 1863. A pesar de la orfandad y desamparo en que la dejaron las grandes potencias europeas, la Polonia oprimida no se resignaba a la rusificación. Los hermanos Habich, Eduardo y Gustavo, atravesaron la frontera, aunque los rusos habían puesto precio a su cabeza, y coadunaron las fuerzas rebeldes. Eduardo consiguió reunir en Cracovia un ejército de voluntarios que burló la vigilancia rusa e infringió con sus escaramuzas notables pérdidas a los opresores. Veamos como describe nuestro olvidado inventor Pedro E. Paulet estos momentos de la vida de Habich “Los sucesos que por entonces se desarrollaron no fueron indiferentes al joven patriota, quien abandonando ofertas ventajosas, corrió a defender su país amenazado de muerte. El señor Habich tomó parte muy activa e importante en la lucha, ya como jefe militar, ya como representante, con poderes discrecionales del gobierno nacional en la Polonia austríaca, y en todos los periódicos de la época, franceses, españoles, alemanes, etc. se encuentra el retrato, biografía y hazañas del joven y prestigioso caudillo, que fue no sólo un sabio sino un héroe en la campaña. Dominado por la abrumadora fuerza y medios de los rusos, en ese último intento en pro de la emancipación de su patria, perseguido y confiscados sus bienes y propiedades, Habich volvió a Francia...”.
  • Sabemos que el intento de rebelión terminó en la derrota del nacionalismo polaco y que Habich para escapar tuvo que usar el salvoconducto de un amigo y aun bajar del tren y atravesar la frontera a pie porque los rusos, sabedores de la huida de Habich, se disponían a hacer una revisión de los pasajeros. En el camino quedaba su hermano Gustavo, gravemente herido por un sablazo en el rostro que le llevó al borde de la demencia.
  • Sin patria, sin dinero y sin familia, Habich abandonó definitivamente Polonia, a donde no volvería más, y se enrumbó hacia París dejando para siempre la casaca militar y dispuesto a entregarse de lleno a la actividad científica y a la tarea profesional. La revolución de 1863 pudo significar, si hubiese triunfado, el enrumbamiento de la vida de Habich por esa otra línea, la vida militar, que iniciara desde joven y que le atraía tanto como la pasión por el estudio. Pero la derrota decidió definitivamente la suerte del Habich militar, abriendo al mismo tiempo la puerta al Habich científico, técnico y maestro. Algo del viejo militarismo queda sin embargo siempre en él. Lo advertimos en la rigidez disciplinaria que implanta en la Escuela de Ingenieros, en la voluntad indomable que no se doblega ante las dificultades, en la caballerosidad congénita que le acompaña hasta los últimos días de su vida y en la regularidad del comportamiento que tanto llamara la atención de los peruanos.

Biografía de Edward Jan Habich - 2. Preparación académica

  • Cuando cursaba estudios en San Petersburgo, Habich había intimado con el sabio matemático polaco Wronski. El maestro le insistía en la necesidad de perfeccionar sus capacidades intelectuales y le urgía a no quedarse en la mera formación empirista recibida en la Academia Militar rusa. Aduciendo como causa el deseo de estudiar en Francia, consigue Habich autorización para escapar del dominio de los zares.
  • En 1859 llama Habich a las puertas de la Ecole de Ponts et Chausseées de París en la que se matricula como alumno externo. Tres años de exclusiva dedicación al estudio, 1860-63, le permiten adquirir la formación teórico-práctica que no le dieran en San Petersburgo. Sobresale en la escuela parisina de tal manera que siendo aún alumno descubre y soluciona varios teoremas de matemáticas que llevan su nombre. Con razón podía certificar oficialmente el Director de la Escuela de Puentes y Calzadas que Habich se había hecho notar por su inteligencia, su trabajo y su capacidad. Terminó como el tercero de su promoción y recibió el Diploma que entonces se otorgaba a los alumnos externos.
  • ¿Qué significaba la profesión de ingeniero hacia la mitad del siglo XIX? Desde los días de Francis Bacon se había ido abriendo paso en Europa la concepción empirista del conocimiento que no sólo veía en la experiencia la piedra de toque de toda posible verdad sino una fuente fecunda de nuevas adquisiciones cognoscitivas. Las tendencias especulativas de la filosofía tradicional habían permitido desarrollar una metafísica normativa relacionada con el deseo de contemplación, pero habían descuidado el dato experiencial. Los hombres de los tiempos nuevos, más preocupados por dominar que por contemplar la naturaleza, más atento a la multiplicidad de lo real que a la especulación abstractiva, se veían sin embargo desprovistos de un método que les permitira conocer lcon exactitud la realidad a fin de someterla a las necesidades humanas. Pero llegó el Novum Organum de Bacon y nació la escuela empirista inglesa y los ojos de los estudiosos se volvieron hacia el dato de experiencia y de observación. Existía una regularidad en el comportamiento de la realidad que era necesario penetrar para desentrañar los arcanos secretos de la naturaleza. Se formularon las leyes de la ciencia y los hombres se sintieron orgullosos porque sus conocimientos les posibilitaban dominar la gran máquina del mundo. Del arte como imitación de la naturaleza y de la artesanía como labor propia de los esclavos se estaba pasando a la técnica y al conocimiento científico. El viejo artesano, hoy día técnico, adquiere un prestigio que le negaron los tiempos clásicos y el mundo medieval. El técnico se convierte en el artífice de la transformación de la naturaleza y en el creador de condiciones más adecuadas para el desarrollo de la vida humana. Entre tropiezos y oscuridades van surgiendo las escuelas técnicas y con ellas un tipo humano nuevo, el profesional técnico, que sabe hermanar en dosis equilibradas teoría y praxis.
  • La Escuela de Puentes y Calzadas de París era pionera a este respecto. A su paso por ella, Habich descubre no sólo nuevas verdades sino un método, el empirismo, ante el que los hombres del XIX se inclinaban venerantes. Sin la práctica, dirá después muchas veces en nuestra Escuela de Ingenieros de Lima, no hay posibilidad de llegar a la verdad porque ella sirve como piedra de toque de verificabilidad. No se trata de esa práctica, un tanto ciega, que aprendiera en San Petersburgo. Se trata más bien de una práctica iluminada por la capacidad reflexiva, transcendida de racionalidad.
  • Después de participar en la insurrección polaca (1863-64), Habich regresa a los ambientes técnico-científicos de París. En octubre de 1864 figura como miembro del Consejo Administrativo de la Escuela Superior Polaca en la que más tarde llegaría a desempeñar la jefatura de estudios, la cátedra de Mecánica y, finalmente, la Dirección General (1865-68).
  • Cuatro años de intensa labor como administrador de la educación y como intelectual de primera línea terminan por definir la personalidad de Habich. Sus estudios sobre cinemática y, concretamente, sobre el movimiento concoidal le ganan un merecido prestigio en el mundo científico parisino. Por la correspondencia que mantiene luego desde el Perú advertimos que Habich había entrado en contacto con los ambientes técnicos y con los círculos intelectuales de la capital francesa. Fue allí en donde perdió sus hábitos señoriales y se empapó del liberalismo pragmatizante de la época, conservando no obstante la finura en el comportamiento y la delicadeza en el espíritu.
  • Habich se hizo, pues, pragmático como los hombres de su tiempo. El pragmatismo se daba indisolublemente unido a la tendencia a buscar nuevas fuentes productivas que impulsadas por el liberalismo político y económico, trajesen el bienestar que todos anhelaban. La búsqueda de nuevas fuentes de riquezas y de nuevos métodos para la explotación de las conocidas se daba de la mano con el sistema liberal en cuanto ordenamiento político de la sociedad y regularizador de las relaciones sociales y de la actividad económica. El liberalismo filosófico, por otra parte, estructuraba un cuerpo racional que funcionaba como legitimador del orden establecido.
  • El joven polaco aprendió, pues, en París no sólo las más novedosas técnicas sino una manera de ver el mundo muy diversa a la que recibiera en Polonia y Rusia.

Biografía de Edward Jan Habich - 1. Procedencia y primera formación

  • Un día de marzo de 1835 se presentó Louis Habich, jefe geómetra de la Comisión del Tesoro, en la parroquia de Santa María de la Cruz de Varsovia y “nos mostró un niño de sexo masculino -se dice en la partida de bautismo-, nacido en Varsovia, en su casa, el 30 de Enero del presente año, a las ocho de la noche, de su esposa Mathilde, de soltera Manersbeiger de Sanct Capteme”. El niño, bautizado con el nombre de Eduardo Juan, creció en el hogar paterno recibiendo la exquisita educación acostumbrada entre la nobleza polaca en la que se hermanan la finura y elegancia con la honorabilidad espiritual y la fortaleza en el carácter.
  • El joven Habich se decide por la carrera militar. Como miembro de la nobleza tiene acceso a la Escuela de Artillería de San Petersburgo a la que ingresa en 1854 en calidad de oficial. Pelea en Crimea al servicio del ejército ruso mereciendo honrosas distinciones. Gracias a su capacidad técnica es designado Jefe de Construcciones del Arsenal de Kiew a pesar de su corta edad.
  • Acicateado, sin embargo, por el fervor patriótico, Habich se siente insatisfecho a pesar de que conoció el triunfo bélico y se veía rodeado de estima por su saber. Pero los honores venían del país opresor de su pueblo. En el fondo del espíritu se levanta una voz de protesta que le decide a abandonar Rusia.

Biografía de Edward Jan Habich - 0. Introducción

Monumento a Habich en la ciudad de Lima levantado por los profesionales e industriales del Perú
  • En diciembre de 1869 desembarcaba en el puerto del Callao un hombre de un poco más de treinta años, de largos mostachos y finos modales. Aunque estaba vestido a la usanza parisina y hablaba en francés, procedía de Polonia. Era el joven ingeniero Eduardo Juan de Habich que acababa de firmar en París un contrato de locación de servicios con el encargado de negocios del Perú en Francia para desempeñar labores propias de su profesión en calidad de ingeniero del Estado en el Perú. Hoy vemos su estatua en el parque Habich y leemos su nombre en algunas de nuestras calles, pero desconocemos la obra realizada por este extranjero que dedicó al Perú los más largos y fecundos años de su vida.
  • ¿Por qué había salido de su patria un hombre procedente de la más alta nobleza polaca y llegaba a nuestras costas trayendo como única herencia su voluntad tesonera, su tecnicismo riguroso y su capacidad organizativa? La Europa del siglo XIX supo de la constancia en la lucha por la libertad nacional de aquellos pueblos que habían sido oprimidos por los últimos restos de las monarquías centralistas. Mientras nosotros, que estábamos estrenando la libertad, nos debatíamos entre el ser y el no ser de una economía inestable y de unos gobiernos efímeros que cualquier viento zarandeaba, en el Occidente europeo restauraban las monarquías sus solios reales y Napoleón soñaba en un imperio sin límites. Los pactos de familia y las alianzas entre las grandes potencias permitían a los poderosos conculcar los intereses de los pueblos que pugnaban en vano por la consecución de la autodeterminación.
  • Polonia conoció el zarpazo de los zares rusos, y sus gritos, ahogados en sangre, no consiguieron sino líricas protestas de los románticos del siglo del Romanticismo. Se exaltaban sus heroísmos, sus hazañas llenaban muchas páginas de los periódicos y revistas de la época, pero se la dejaba morir sola porque no podían violarse los sagrados pactos contraídos por los repartidores del mundo. Y vino la paz sobre Europa, es decir, el calculado equilibrio entre las grandes potencias a costa del sacrificio de las pequeñas naciones. Y vino la paz también sobre Polonia porque sus fuerzas estaban ya desgastadas. Pero en el fondo de los espíritus esa paz era sólo un compás de espera porque, como muy bien dijera nuestro Baquíjano al Virrey Jáuregui en el Elogio, las armas que el miedo retiene, en secreto se afilan. Aprovechándose la paz, se inició el proceso de rusificación de Polonia. Los nobles mantenían su rango y los jefes del ejército pasaban a servir a los zares en el mismo grado.
  • Los Habich, pertenecientes a la más alta nobleza polaca -en su escudo de armas figuraban los símbolos de la realeza- , eran aristócratas y militares. El joven Eduardo pasó a servir en Rusia. Cosechó triunfos en Sebastopol y Crimea, pero hastiado por la opresión que se imponía a su patria, abandona Rusia, se establece en París, estudia en la Escuela de Puentes y Calzadas, dirige la revolución de 1863 y vuelve a Francia para trabajar en la Escuela Superior Polaca, de la que poco después fue hecho director.
  • Por entonces el Perú vivía esos años de prosperidad falaz de los que habla Basadre como consecuencia de las ingentes sumas de dinero que recibía el Estado por la comercialización del guano. El superávit de numerario se convirtió en despilfarro, en boato y lujo, pero contribuyó también a la extensión de la red de comunicaciones. Faltaban sin embargo ingenieros capaces de dirigir este proceso de tecnificación y de asesorar al gobierno en las obras públicas. Durante la presidencia de Balta comienzan a llegar los primeros técnicos entre los que figurará luego Eduardo J de Habich. Venía con un contrato por tres años firmado en 1869, pero cuarenta años más tarde estaba todavía en el Perú. Cuando murió en 1909 dejaba tras de sí mil informes técnicos sobre problemas de irrigación, alumbrado, urbanización, ferrocarriles, etc. Pero su obra fundamental se llama la Escuela de Ingenieros no sólo por la mayor significación que ella tuvo en la evolución de nuestras estructuras sino porque a ella dedicó Habich lo mejor de su tiempo y de sus capacidades.
  • El Perú supo reconocer agradecido la labor de aquel extranjero que se identificó con nuestras cosas y se dio por entero a la defensa de nuestros intereses. Cuando alguien quiso empeñar sus glorias, salió pronto en su defensa. Un chauvinista exagerado se atrevió en 1894 a atacar a Habich, pero el periodismo nacional le respondió con unas palabras que sintetizan la labor desempeñada por Habich en el Perú. “En buena hora que rechacemos a extranjeros que vienen a disgustarnos...pero a extranjeros como el Sr. Habich, que educa e ilustra a nuestra juventud, que nos inculca hábitos de orden y sobriedad, que nos comunica los secretos de la ciencia, que nos ilustra con sus luces y nos ayuda con sus honrados esfuerzos, que procura mediante una propaganda activa, sean conocidos y apreciados en Europa los veneros de riqueza que oculta nuestro suelo; que forma su hogar entre nosotros y que nos acompaña, con el mismo interés, con la misma lealtad, ora en nuestros días amargos, ora en nuestros momentos felices; extranjeros así, extranjeros como Habich, que vengan muchos, que vengan siempre, porque esos no son ni pueden ser extraños en el Perú.”