lunes, 27 de febrero de 2017

Biografía de Edward Jan Habich - 15. Epílogo

  • Corría el mes de octubre de 1909 en la capital peruana. Un hombre encanecido por los años estampaba por última vez su firma en el despacho ordinario de la Escuela de Ingenieros. En su rostro se advertían todavía los rasgos polacos pero en sus ojos brillaba la mirada de los nuestro. Se había identificado con nuestras cosas, había acompañado a los peruanos cercanamente en el lento proceso de la reconstrucción nacional. Moría finalmente rodeado de los suyos y rodeado de la estima del Perú porque había entregado a su segunda patria lo mejor de su espíritu, la totalidad de su esfuerzo y la integridad de sus capacidades. Su sello quedó grabado en nuestras cosas porque fue capaz de crear instituciones que perduran en el tiempo como una huella indeleble de su constancia tesonera y de su dedicación al trabajo. La vieja campana de la Escuela de Ingenieros que desde el local ubicado en Espíritu Santo congregaba a los alumnos y les advertía de las horas de entrada a las clases, doblaba hoy acompasadamente. Eduardo Juan de Habich había muerto. Su nombre se borraría pronto de la memoria de las generaciones, pero su obra quedaba ahí como un testigo silente de su trabajo.
  • Militar que supo de heroísmos patrióticos sin el brillo de la victoria, científico creador en campos vírgenes de la matemática y de la física, técnico detalloso que examina cada nuevo aspecto de la realidad para someterla a las exigencias del hombre, organizador que sabe aprovechar las cualidades de cada uno de sus colaboradores y maestro que acierta a ver en el alumno las circunstancias personales, las inquietudes concretas, que corrige sin herir y premia sin orgullecer. Tales podrían ser algunos de los rasgos y jalones fundamentales de la vida de Eduardo Juan de Habich.

Biografía de Edward Jan Habich - 14. Código de Minería

  • No deja de extrañar que un país eminentemente minero como el Perú careciese de una ley de minería adecuada a las circunstancias de los tiempos. Difícil se hacía para la Escuela de Ingenieros dirigir el proceso de extracción, beneficio y comercialización de los productos de la minería estando aún este ramo regulado por las ordenanzas de 1785. A ellas se sumaban asistemáticamente las leyes emitidas durante la República, la más importante de las cuales databa de 1877. Era a todas luces necesario un ordenamiento que regulase una actividad que se veía, después de la falaz prosperidad del guano, como la solución estable a la situación crítica de la economía nacional. Las exigencias de los mineros, por una parte, y las cada día más apremiantes sugerencias de la Escuela convencieron al Supremo Gobierno de la necesidad de estructurar una ley de minería más acorde con los tiempos, con la importancia que este producto tenía en la economía peruana, con las presiones de los grupos inversionistas extranjeros y con las recientes innovaciones tecnológicas.
  • En orden a solucionar esta desadecuación, el Gobierno Peruano emite en 1888 un decreto por el que manda formar un sólo cuerpo o código que satisfaga las exigencias de la minería nacional. Para tal efecto designa una comisión de la que el director de la Escuela de Ingenieros es miembro nato. Los comisionados deben emitir sus informes en junio de 1888 a fin de que pueda ser presentado en la siguiente legislatura. Bajo la presidencia del conocido minero Leonardo Pflücker y Rico, los comisionados Eduardo de Habich, Ramón de la Fuente -que muere antes de que concluyan las labores de la comisión- y Ramón Ribeyro preparan un proyecto del Código de Minería que Habich presentará en París, durante la Exposición Universal, a grupos inversionistas europeos de los que recibe ferviente acogida. El articulado es una especificación de los principios liberales vigentes en la época. Defensa de la propiedad privada, libertad para el uso y abuso de la misma, escasa ingerencia del Estado cuya labor queda reducida a firmar el contrato con el propietario y a cobrar quince soles al semestre como impuesto por cada pertenencia, podrían ser algunos rasgos fundantes de la estructura legal que orientó desde entonces la explotación minera en el Perú. Con razón podía decir Alberto A. Elmore “Este es el sistema más liberal que puede adoptarse en la materia”.
  • El proyecto, que había despertado un eco esperanzador en los grupos económicos extranjeros, quedó sin embargo traspapelado entre muchas cuestiones que preocupan al Congreso. Es necesario que pasen dos años para que los legisladores crean oportuno ocuparse del problema. En octubre del 1890 el Congreso decide nombrar una comisión para que estudie nuevamente el asunto. Habich espera que, por fin, sea elevado a categoría de ley el proyecto en el que tanto trabajase porque conocía la importancia que tenía para la renovación de la industria nacional. Pasan, no obstante, los años y la proyectada ley sigue dormitando en los archivos del Congreso. Habich insiste una y otra vez desde el Boletín de la Escuela de Ingenieros en la urgencia de arreglar definitivamente el problema de la minería. En otros países se han usado como base las leyes españolas de 1868 que pueden considerarse, anota Habich, “como el tipo tendente a generalizarse más y más en todas partes, por razón de ser la expresión más completa de la libertad industrial, del laisser-faire, laisser-aller, con aplicación a la minería”. Pero parece que las opiniones de los técnicos gravitaban poco en la mente de los legisladores. Los mineros se ven obligados a insistir, a través de Luis N. Bryce, Presidente de la Sociedad Nacional de Agricultura y Minería, ante la Cámara de Senadores para que se apruebe el proyecto preparado por la comisión Pflücker. Después de nuevos estudios y comisiones, en 1897 se aprueba la ley de minería que recoge los planteamientos emitidos por la comisión Pflücker de 1888, por Federico Moreno en 1893 y por una última comisión compuesta por E. Malpartida, F. Gildemeister, A. Garland, H. Gaffron y E. Montero en 1896.
Busto de Eduardo J. de Habich en el local de la Escuela de Ingenieros del Perú, 4 de abril de 1914.

Biografía de Edward Jan Habich - 13. Obras Públicas

  • Al reorganizarse los ministerios después de la ocupación chilena, quedó Habich sin la injerencia que antes tuviera en las Obras Públicas. A través de una carta advertimos la amargura que esta situación provocó en un hombre que tanto había contribuido en esta línea. “No tengo ninguna relación ni influencia en lo relativo a Obras Públicas -dice a Sears, un ingeniero que le solicitaba recomendación para un puesto-, y cualquier paso de mi parte en ese sentido sería considerado como un deseo de injerencia en tales asuntos...hoy sólo los nuevos directores de Obras Públicas pueden certificar sus servicios, reduciéndose el papel de la Escuela únicamente a preparar a los jóvenes para la carrera de ingeniero, y nada más”.
  • Pero no pasaría mucho tiempo sin que se volviese a llamar a Habich, dada su reconocida capacidad técnica, a colaborar de cerca con las autoridades en las obras públicas del país. En diciembre de 1890 figura como miembro de la Comisión Consultiva de esta repartición. Participa en diversos estudios y emite informes sobre problemas carreteros, de mercado, alumbrado, etc. Interesa especialmente reseñar su participación en el proyecto Eiffel para el teatro municipal.
  • Urgido por la necesidad de construir un Teatro Municipal, el Concejo Provincial de Lima designa una comisión presidida por Habich y compuesta además por Teodoro Elmore y Alejandro Carreño para que informe sobre el proyecto presentado por Eiffel. Después de un prolijo estudio, presenta Habich, asesorado por T. Elmore e Hilario Farge, un voluminoso informe en el que además de los datos técnicos se incluyen consideraciones sociológicas y estéticas. “El importante papel que en la vida culta y moral de una ciudad desempeña un teatro serio, hace de él. en una aglomeración de hombres, una medida de higiene moral tan imperiosa como las que tienen por objeto su higiene física”. Continúan los informantes reseñando la historia del Teatro de Lima hasta que durante “la época nefasta de ocupación extranjera” fuera inexplicablemente incendiado. No parecía conveniente a los comisionados trasladar la estatua de Bolívar para construir en la plazuela del mismo nombre el teatro prefiriendo como lugar más aparente el que ocupara el antiguo local. Ese sitio presentaba la ventaja de que los limeños estaban acostumbrados a él y de contar con una plazuela para el tránsito de carruajes. Fijan en 1.500 el número de asientos, dado que Lima tenía entonces 110.000 habitantes. Los pasillos debían ser anchos a fin de facilitar la salida en caso de incendios o de terremotos. Las recomendaciones de Habich, Elmore y Farge rebajan el presupuesto calculado por Eiffel en 2’400.000 francos a 1’200.000.
  • Prolijo en demasía sería dar cuenta de cada una de las comisiones desempeñadas por Habich al servicio de Obras Públicas. Estudios sobre cementerios, ferrocarriles, mercados, iglesias, planeamiento urbano, alumbrado, carreteras, irrigaciones, etc. ocuparon muchas horas de trabajo de Habich. Su capacidad técnica iba contribuyendo a cambiar el rostro externo del Perú urbano.

Biografía de Edward Jan Habich - 12. Comisión de Pesos y Medidas

  • Cuando asistimos a los ensayos por introducir en el Perú el nuevo sistema de mediciones que se abre paso en Europa al final del siglo XIX, caemos en la cuenta de los esfuerzos de determinados grupos económicos por implantar un módulo universalmente aceptado que posibilite las relaciones comerciales internacionales. Los intentos por establecer el sistema métrico decimal en el Perú responden a las necesidades de grupos sociales muy definidos que veían en el entroncamiento en las estructuras europeas de comercialización la inserción definitiva en la unidad económica occidental.
  • Desde noviembre de 1885 había preocupado a Habich el asunto de la introducción del sistema métrico decimal debido a los múltiples inconvenientes que se presentaban en la exacta medición de los predios mineros como consecuencia del uso inveterado de las antiguas medidas. Ya en 1885 se había inaugurado en París la Asociación Internacional que tenía por objeto difundir un sistema decimal único. El Perú se adhirió a tal asociación decretando el gobierno el 16 de diciembre de 1862 la implantación legal del nuevo cánon de mediciones. A pesar de la aprobación de esta ley, tanto en las esferas oficiales como en las particulares, seguía usándose la medida antigua que por falta de precisión se prestaba a mil abusos. Se hizo, pues, necesario que el Gobierno decretase nuevamente la obligatoriedad del uso del nuevo sistema y que incluso señalase un plazo perentorio para su aplicación definitiva. Por ley de marzo de 1869 se imponía la obligación de usar las medidas del sistema métrico decimal a partir del 28 de julio del mismo año.
  • Parece que la introducción del nuevo sistema genera dificultades en todos los países porque no se dispone de patrones. Para solucionar esta deficiencia se crea la Oficina Central ubicada en Sevres que vigilaría la exactitud de los instrumentos usados como modelos. A dicha Oficina Central se adhirió el Perú en 1875 comprometiéndose a establecer en Lima una filial encargada de vigilar el exacto cumplimiento de las reglamentaciones internacionales al respecto.
  • Nos vemos, sin embargo, obligados a pensar que toda esta legislación quedó como letra muerta, archivada en los legajos polvorientos de las instituciones públicas porque en 1885 tanto Habich como Alberto A. Elmore se quejan de la falta de una oficina central de evaluación y porque sabemos que se seguía recurriendo al uso de las antiguas medidas. A fin de desarraigar esta costumbre, Habich publica en el Boletín de la Escuela de Ingenieros un artículo en el que muestra la abigarrada variedad de medidas hasta entonces existentes y que en muy poco contribuyen a la unificación del sistema de mediciones dificultando las relaciones internacionales. Concluye que “es indispensable estirpar completamente del uso las antiguas medidas españolas y propender a la introducción de las decimales, no sólo en los actos oficiales, sino también en los usos y costumbres generales del país”.
  • A pesar de las recomendaciones, adhesiones y leyes, en 1885 seguían usándose las viejas medidas por falta de una oficina que coordinase las nuevas y que supervigilase la exactitud de los modelos. Es cierto que en Lima había existido un patrón del metro y otro del kilogramo que, aunque nunca habían sido enviados a Sevres para su comprobación y rectificación, cumplían de alguna manera con la finalidad de fijar el sistema de mediciones. Pero tales modelos desaparecieron durante la ocupación de Lima por el ejército chileno.
  • No bastaba, pues, legislar. Se hacía necesaria la instalación de una oficina de verificación en Lima tal y como fuera programada en 1869. Pero la oficina no se crea y Habich vuelve a insistir en su necesidad en 1886. Parece sin embargo que la costumbre pesaba más que las leyes y las declaraciones de los técnicos.
  • El segundo movimiento para la implementación del sistema métrico declmal se inicia en 1889. Estando Habich en la Exposición Universal de París recibe un decreto supremo de 18 de diciembre de 1889 por el que se le designa Delegado del Perú ante el Comité Internacional de Pesos y Medidas. Cumplió Habich con el cometido encomendado relacionando al Perú con esa entidad a pesar del incumplimiento del Gobierno con las cuotas que desde 1875 debía pagar para cubrir los gastos generales de la Oficina Central de Sevres. Por sus relaciones personales con los miembros del Comité y particularmente con la delegación francesa, pudo Habich recoger mucho del material editado sobre el problema así como algunas muestras de metros y kilogramos tipos que fueron repartidos en las municipalidades.
  • La resitencia a la implantación del nuevo sistema provenía también de algunos miembros del Gobierno. Carlos Wiese, representando al Ministerio de Relaciones Exteriores, pregunta a Habich “¿Qué ventajas reporta al Perú de esa Convención? ¿Cuándo necesita ni cuándo ha pedido los prototipos de rigurosa exactitud matemática que el Comité está llamado a conservar?” Que pudiese responder Habich a tal despreocupación por parte de los poderes públicos, podemos fácilmente suponerlo. Insite en la necesidad de que se paguen a la Oficina Central las cuotas adeudadas porque el Perú está afiliado a la Convención del Metro de 1875 y porque las disposiciones de dicha entidad tienen en el Perú carácter de ley. “Además -añade-, la H. Cámara de Senadores ha aprobado últimamente la creación de una Comisión Central encargada de la verificación de los pesos y medidas legales, y de la conservación de los prototipos, como también de corresponder con la Oficina de Sevres y otras análogas en el extranjero; y esto demuestra la mente de los legisladores de continuar formando parte de la unión métrica internacional, y llegar a la extirpación definitiva en el país de medidas y pesos distintos de los métricos”. Recomienda finalmente que sea la Escuela de Ingenieros, como ya lo había sugerido Alberto A. Elmore, la encargada de efectuar los pagos y de mantener las relaciones con los organismos establecidos en Francia.
  • A pesar del descuido del Ministerio encargado del asunto, parece que la presión de los científicos y comerciantes sobre los miembros del Legislativo surtió el efecto buscado. El 21 de septiembre de 1891 el Congreso aprobó la ley de creación de la Oficina Central de pesos y medidas que fue ratificada por Remigio Morales Bermúdez, presidente constitucional de la República, con fecha 8 de octubre de 1891. Dicha oficina, ubicada en la Escuela de Ingenieros, tenía la función de conservar y depositar los prototipos y quedaba encomendada a Eduardo de Habich en cuanto director de la Escuela.
  • Habían transcurrido apenas veinte días desde la dación de la ley cuando Habich se dispone a llevar a efecto lo mandado en ella. Pero volvieron a surgir dificultades y de hecho Habich tiene que seguir insistiendo varios años más tarde en la necesidad de implantar el sistema métrico decimal. “No concluiremos sin recordar -dice no sin amargura desde las páginas del Boletín en 1898- que, desde el año 1885, no hemos cesado de llamar la atención hacia el asunto, tan importante y que toca tan cerca al país”.
  • El asunto toca tan de cerca a los intereses del Perú, según Habich, porque en esos años se estaban ampliando los sistemas de comercialización internacional. El Perú no podía quedar aislado en la división internacional del trabajo. En esa división, orientada por los grupos de poder económico de Europa, se le había asignado el papel de exportador de materias primas y de importador de manufacturas. Si no se atenía a los nuevos sistemas de medición, sus relaciones comerciales podrían haber visto de tal manera deterioradas que el Perú quedase fuera le las “ventajas” que se suponía que traería el nuevo giro de las relaciones internacionales. A pesar de este interés que no escapaba a los más lúcidos, ni la legislación ni las recomendaciones consiguieron cambiar el panorama. En 1904 necesita nuevamente agitar el asunto. El entonces Ministro de Fomento se preocupó por llevar a efecto la ley del 8 de octubre de 1891. Por decreto de julio de 1904, y en consonancia con reiteradas insistencias de Habich, se autoriza al director de la Escuela de Ingenieros a instalar la Oficina Central de Pesas y Medidas. Comienza otra vez la penosa tarea de sacar al gobierno el dinero necesario para las instalaciones de la oficina, que quedó definitivamente constituida en 1906. Habían pasado treinta años desde que el Perú se incorporase al Comité Internacional del Metro y veinte desde que Habich tratase de implantar de una manera efectiva el sistema métrico decimal en el Perú desterrando las antiguas medidas para facilitar el tráfico comercial.

Biografía de Edward Jan Habich - 11. Habich en la Exposición Universal de París de 1889

  • La obra de Habich no se encierra dentro de los muros de la Escuela de Ingenieros. Los gobernantes del Perú sabían que podían contar con un hombre que, por encima de los banderismos políticos, sabía buscar las soluciones adecuadas a los problemas del país. En 1889 Habich no era ya un extranjero entre nosotros. Se había afincado definitivamente en el Perú, había contraído matrimonio con Virginia Brando y sus hijos peruanos estaban ya incorporándose a la vida nacional. Muy pronto Edmundo N. de Habich trabajará como profesor y secretario de la Escuela.
  • Los grupos occidentales de poder económico estaban empeñados en controlar el mercado internacional. La industria europea satisfacía ya las necesidades propias y tendía a expandirse a través de una red comercial que llevase las manufacturas europeas más allá de los mares. Por otra parte, las materias primas de los países periféricos del sistema occidental eran requeridas por las fábricas establecidas en los países centrales. A estas finalidades respondían las ferias y exposiciones.
  • Castel, presidente de la comisión encargada por el gobierno francés de organizar el Congreso Internacional de Minería y Metalurgia, que se desarrollaba dentro de los programas de la Exposición Universal de París de 1889 para la que Eiffel construyera la célebre torre parisina, escribió a Habich pidiéndole su cooperación y comunicándole su designación como miembro honorario del mencionado congreso. “El valioso apoyo de U. nos será muy particularmente útil para dar a las discusiones toda la importancia debida y su presencia en las sesiones aumentará en mucho su lucimiento, y los resultados que se puedan obtener”.
  • Habich contesta a Castel asegurándole su participación en el evento en el que presentará numerosos datos sobre la situación minera e industrial del Perú. Por decreto del 2 de agosto de 1889 se concede a Habich cuatro meses de licencia para que descanse en Europa y asista a la exposición francesa. Antes de partir hacia París recibe diversos encargos de los ministerios e instituciones de enseñanza. El 14 de agosto se embarca en el Callao con los dos mil soles que se le asignaron. Llega a París en la segunda quincena de septiembre. Al llegar a la capital francesa se incorpora al Congreso de Ferrocarriles en calidad de vicepresidente.
  • “La inmensa afluencia de visitantes de todas las partes del mundo -decía Habich en carta al Presidente Andrés A. Cáceres- ha hecho de ella más que un lugar de investigaciones comparadas, de los adelantos de la industria, Artes y Ciencias en ella representados, una feria universal, circunstancia que ha causado grandes dificultades a los que acudían con el fin de dedicarse a estudios serios. Todas las Repúblicas Hispano-Americanas han expuesto sus productos en edificios propios, con excepción del Perú, Colombia y Honduras, que se colocaron, las dos primeras en los lugares menos visibles del Pabellón Uruguay...Es de sentirse, excmo. Sr., que se haya dado en esta exposición tan triste idea del Perú, por la deficiencia de sus envíos, tanto más, cuanto que se habría podido hacer lo que por razones políticas han efectuado los países monárquicos y hasta algunas repúblicas como el Ecuador, Santo Domingo, etc. llevando a cabo su exposición exclusivamente o en parte, con medios privados”. Se refiere después Habich a la mala reputación que tiene el Perú en los medios inversionistas debido a sus enemigos. Esta mala reputación había dejado eco en el Gobierno Francés. Pero él se estaba esforzando en deshacer esa mala fama creada sin duda por los descalabros del guano en la década anterior. Las palabras de Habich dejaban en gobernantes, financistas e industriales la buena semilla que pronto fructificará en un estrechamiento de vínculos entre el Perú y Francia. Para la difícil tarea de levantar la opinión sobre lo peruano cuenta Habich con su prestigio personal, con los buenos deseos del Presidente de la República, con la restauración del orden político y con una obra, la Escuela de Ingenieros, conocida por técnicos, industriales e intelectuales europeos y considerada como la mejor en su género en Latinoamérica.
  • Antes de contribuir a mejorar la opinión sobre el Perú, preocupa a Habich en París conocer los problemas de la enseñanza profesional en todos sus grados. Recogiendo valiosas experiencias, emite un conjunto de informes que revelan su agudo espíritu de observación. La educación estaba pasando en Europa por una etapa de transición y de tanteo. Las nuevas reglamentaciones tendían a adecuarse al principio elemental de equilibrar la oferta con la demanda.
  • En Europa Habich desempeñaba tan variadas comisiones que lo que debía ser un descanso para su salud quebrantada se convirtió en una etapa de mayor agitación de la que tenía en Lima. Representa al Perú en el Congreso Internacional de Ferrocarriles, en la Conferencia Universal del Metro y en otras muchas reuniones. Recoge material de enseñanza para la Escuela de Ingenieros y para el Colegio de Nuestra Señora de Guadalupe. Reúne varios informes sobre le Canal de Panamá. Por encargo del Ministerio de Guerra estudia las fábricas de pólvora y explosivos. Viaja por varios países a fin de conocer los sistemas de enseñanza técnica. Visita hospitales y cementerios para dar una adecuada noticia a la Beneficencia Pública de Lima, interesada en mejorar estos establecimientos. En lo referente a minería opina Habich que la Exposición Universal no había presentado los adelantos en este ramo por la ausencia de varias naciones que tenían una industria minera muy floreciente. “En Europa -dirá luego en los informes al gobierno- los medios mecánicos, químicos, etc. y el personal son tan abundantes y se encuentran tan inmediatamente, que los métodos empleados se resienten de esta facilidad, la que no existiendo en el Perú, hace que estos métodos no sean aplicables aquí en la forma allá usada; y soy de opinión que el mayor provecho que puede sacarse de la industria Europea es procurar la creación, con capitales y hombres de allá, de establecimientos metalúrgicos y explotaciones importantes que puedan rivalizar con los de aquel continente”.
  • Al referirse a la legislación minera da cuenta del movimiento socialista y concretamente del socialismo del Estado propiciado por Lasalle en Alemania. “Tocante a las cuestiones legales y económicas referente a la Industria Minera, mucho se ocupan de ellas en Europa; pero bajo un punto de vista que hasta el presente interesa poco a los países suramericanos. Son más bien cuestiones económico-sociales, en relación con el estado de la clase obrera dedicada a esta industria: asegurar su suerte y la de su familia conforme a las condiciones de cada país, tal es la gran preocupación del día, que ha tenido su más pública y ruidosa manifestación en el Congreso de Berlín, promovido por el Emperador de Alemania. Sobre legislación minera, si se exceptúan algunos ataques contra la propiedad minera, y en sentido que favorecen el socialismo del Estado, haciendo de ella su propiedad permanente, hay poco digno de llamar la atención”. Habich, aristócrata por nacimiento, liberal por formación y utilitarista por ambiente, mira despreocupado esa ebullición ideológica que no llega a entender a plenitud. Para él bastaba dotar al Perú de una legislación minera única que anulase los mil dispositivos legales nacidos al margen de toda sistematización. Dicha legislación, de marcado corte liberal, como señalaremos en seguida, se presenta como la panacea que traerá el orden al caos en el que está sumida la industria minera en el Perú.
  • Concluidas sus múltiples tareas en Europa y arreglados los cajones del equipaje que le acompañaría en la travesía de los mares, sale Habich de Francia llegando al Callao el 11 de junio de 1890. Casi un año había durado su permanencia en Europa, que repercutió sin duda en un mejoramiento de las relaciones económicas y culturales con los países centrales europeos. El 26 de junio retoma la Dirección de la Escuela que desempeñara interinamente Ernesto Malinowski.

Biografía de Edward Jan Habich - 10. Funciones cumplidas por la Escuela de Ingenieros en la sociedad peruana

  • En la ley del 20 de noviembre de 1875 se determinaba que el nuevo establecimiento tendría por objeto “dar la instrucción necesaria para el laboreo de minas y el beneficio de metales”. Esta finalidad se especifica en el Reglamento Orgánico de 1876 “formar Directores y conductores de trabajos de ingeniería civil, de explotación de minas, de establecimientos metalúrgicos e industrias químicas, propias del país”. Finalmente, en 1879, al fijarse las bases de la Escuela, se señala que su objeto es formar ingenieros de construcciones civiles y de minas, arquitectos, peritos agrimensores y directores de industrias del país.
  • ¿Qué medios usó Habich para que la institución a él encomendada cumpliera las funciones que le señalaban las leyes? Hasta 1876 el Perú se abasteció de ingenieros extranjeros que al servicio del Estado eran contratados principalmente en Francia. Nuestra incipiente industria dependía, pues, de talentos importados. No sólo se importaban instrumentos y técnicas que respondían a las necesidades de los países creadores, sino aun hombres que hacían rendir a nuestras riquezas en función de intereses foráneos. Los alumnos salidos de la Escuela de Artes y Oficios no contaban con la preparación suficiente para dirigir esas explotaciones. No pocos peruanos se vieron necesitados de acudir a las escuelas europeas en busca de la formación profesional que no les ofrecía el Perú. Pero este recurso tampoco bastaba para atender las necesidades de tecnificación del último tercio del siglo diecinueve. La Escuela venía, pues, a llenar un vacío en la estructura educativa: formar a los técnicos capaces de explotar nuevas fuentes de riqueza ante la manifiesta declinación de la economía del guano. Era ésta su misión y su tarea. Una misión ideada por los grupos de poder económico que tenían en sus manos las fuentes productivas y para cuya explotación habían dependido hasta entonces de capital humano de más allá de nuestras fronteras.
  • El Perú, cuya economía convalecía del golpe asestado por la decadencia del guano, estaba orientando sus miras hacia otros recursos naturales. La Escuela de Ingenieros, fruto de esa política, será a la vez causa de ella en una relación dialéctica difícil de precisar. La Escuela no sólo cumple su papel como instrumento útil al servicio de los grupos dominantes, sino que es gestadora de la consolidación económica, social e ideológica del grupo. Es más, dada la afirmación de la economía nacional en la que juega un rol preponderante, y la formación de gentes capacitadas para la dirección de esa línea económica, la Escuela dirigida por Habich contribuyó también a posibilitar la mayoría de edad de los centros de poder político.
  • A una misma situación, a un mismo reto, el fracaso de la Guerra con Chile, dos hombres dieron respuestas diversas. Mientras para González Prada la declinación de la economía nacional era un síntoma evidente de la incapacidad de la burguesía dominante que le lleva a buscar en el proletariado y en los jóvenes intelectuales, como únicas reservas aún incontaminadas, las bases de una nueva reorganización del poder destruyendo la máquina estatal y profesando una veneración sin límites al élan vital, para Eduardo J. de Habich, la decadencia se debe a la ineficacia en la explotación de las riquezas naturales. Es, pues, necesario buscar, como el más adecuado remedio, la tecnificación de los medios de producción orientados según los esquemas del liberalismo imperante.
  • No creemos que Habich fuera consciente de las proyecciones del centro de estudios que él iniciara y dirigiera por más de treinta años. Pero sí sabemos que aunque tenía muy presente la urgencia de formar peruanos capaces de dirigir el proceso de tecnificación del país, no olvidaba que dicho proceso requería del capital extranjero para su desarrollo en plenitud. Inconscientemente sin duda estaba tratando de robustecer las relaciones con los países más adelantados en técnicas. Por las publicaciones de la Escuela, los Anales y el Boletín, las riquezas naturales eran dadas a conocer en los medios inversionistas del exterior. Acudieron entonces los capitales que permitieron el despliegue de la técnica y supeditaron nuestro desarrollo a los intereses de los países prestamistas y a los grupos de poder económico empeñados en monopolizar la dirección de los negocios del mundo. En este entrecruzamiento de caminos, en esta mezcla enmarañada de intereses de grupos nacionales y extranjeros se inserta la vida de Habich y adquiere relieve su obra.
  • La Escuela de Ingenieros, nacida para responder a las necesidades del país en lo referente a la tecnificación de los medios productivos, cuenta para cumplir sus funciones con los siguientes medios: enseñanza teórico-práctica orientada hacia la formación de profesionales capaces de dirigir la explotación de las riquezas naturales, preparación de mandos intermedios -peritos en ciertas técnicas- que secundan la labor de los ingenieros, laboratorios que no sólo llenan la necesidad de prácticas de la enseñanza teórica sino que atienden a pedidos de ensayos y análisis de entidades públicas y privadas, publicaciones científicas que recogen las investigaciones de los profesores y dan a conocer nuestras riquezas naturales a los medios inversionistas extranjeros y participación en muchas comisones oficiales.
  • Al unir teoría y práctica, haciendo consistir ésta en el análisis concreto de nuestros recursos naturales, consigue Habich que los alumnos de la Escuela de Ingenieros no sólo salgan provistos de los conocimientos teóricos para el buen desempeño de sus tareas ingenieriles, sino oirentados hacia la búsqueda de la mejor respuesta a las necesidades del país. En la dialéctica de teoría y práctica va Habich modelando un nuevo tipo humano. A su muerte en 1909, después de treinta y tres años de paciente dedicación, eran 217 los ingenieros titulados, 32 los peritos agrimensores de minas y 5 los peritos agrimensores de predios rústicos y urbanos. El auge experimentado por la minería a partir de la última década del siglo XIX hay que atribuirlo, pues, en buena medida al capital humano preparado por Habich en la Escuela de Ingenieros.
  • Desde el punto de vista social no es menos importante la gestación en la Escuela de un grupo humano, el de los profesionales técnicos, inexistentes hasta entonces en la estructura de la sociedad. Ni los graduados de la Facultad de Ciencias de San Marcos ni los egresados de la Escuela de Artes y Oficios habían conseguido conformar un grupo social diferenciado e influyente, Los primeros se adscribían a los profesionales liberales de carácter humanístico y los segundos no alcanzaban el nivel profesional. Con la emergencia de un grupo de ingenieros en aumento desde 1880, se va formando el grupo de profesionales técnicos, provenientes en su mayoría de las familias dueñas de los medios de producción, en quienes el rancio aristocratismo familiar cede ante desusados cánones de valoración. Un utilitarismo positivista se infiltra en sus mentes acostumbradas a buscar siempre aquello que rinda mayores frutos. La búsqueda de la utilidad unida a la ideología liberal de la época hará de los egresados de la Escuela de Ingenieros perfectos positivistas que, aunque inconscientes de los fundamentos teóricos de su ideología, manejan un positivismo práctico que es entendido como el más eficaz instrumento al servicio de la utilidad. Si a este utilitarismo positivista unimos el liberalismo social y económico, nos encontramos con el clima propicio para la constitución de una burguesía urbana tecnificada que no tardará en aspirar al control político. Esta burguesía, emparentada afectiva y efectivamente con los intereses del capital extranjero invertido en el Perú, se irá consolidando a su sombra hasta constituirse en un gupo social diferenciado en épocas que escapan a los estrechos límites de la presente biografía.
  • A través de las publicaciones científico-técnicas la Escuela, además de divulgar conocimientos científicos y técnicos, desempeñaba la misión de dar a conocer las riquezas naturales del país en los medios inversionistas activando así la ola de inversiones del capitalismo extranjero que experimentó el Perú en los últimos lustros del siglo XIX. La primera publicación llevó el nombre de Anales de Construcciones Civiles y de Minas del Perú y se inició en 1880. “Al procurar la publicación de este periódico -decía Habich en la Introducción- la Dirección de la Escuela tuvo en mira contribuir a hacer conocer en el país y en el extranjero, las riquezas de todo género que encierra el suelo peruano, y los medios más fáciles y productivos de explotarlas; el estado de las industrias nacionales, su importancia, los métodos practicados y sus ventajas o defectos; la cantidad y calidad de los productos de esas industrias, y los medios de aumentar la una y la otra; y en fin, todo aquello que con este objeto tiene directa relación”. Los Anales terminaron en 1901 habiéndose publicado siete volúmenes. No es difícil advertir que la minería ocupaba el primer lugar en la lista de producciones del Perú para la gente de la Escuela. Veinte de los veintiséis artículos de los Anales se refieren a problemas mineros. La mayor parte de los ejemplares se distribuían por Europa y América.
  • El Boletín de Minas, Industrias y Construcciones , más ágil y frecuente que los Anales, se inició en 1885 y siguió apareciendo con regularidad todos los meses hasta la muerte de Habich. Después de diversas crisis fue finalmente suprimido en 1960. Tal fue su importancia y el prestigio que la Escuela adquirió a través de él en los medios técnicos y financieros de Europa que aún hoy día se siguen recibiendo pedidos de la colección completa y de ciertos ejemplares sueltos. Bien podía decir Habich que en muchos sitios era conocido el Perú por el Boletín algunos de cuyos números están íntegramente redactados por él.
Ingreso presidencial a la Escuela de Ingenieros en un día festivo

sábado, 18 de febrero de 2017

Biografía de Edward Jan Habich - 9. Habich y la Guerra con Chile

  • En 1879 la Escuela de Ingenieros estaba todavía consolidando su estructura. Biblioteca, laboratorios, museos, gabinetes y enseres llenaban ya muchas de las dependencias del local. Pero faltaba aún mucho por hacer. Para una institución en proceso de consolidación, la guerra y la ocupación del país por ejércitos enemigos es una prueba demasiado dura. Antes de concluir el año escolar de 1880 fue necesario interrumpir las labores porque los alumnos tuvieron que engrosar las filas del ejército y los profesores fueron solicitados para prestar sus servicios técnicos en la construcción de las defensas. Habich vio con dolor la dispersión de su gente. Los claustros se quedaron vacíos y un silencio de muerte recorrió las aulas y los patios llenos antes del bullicio estudiantil. Las tropas chilenas entraron a saco en la ciudad y convirtieron la Escuela de Ingenieros en un cuartel. Hay un dolor reprimido en la descripción que hace Habich de estos momentos en 1883. “Vino, por fin, el año de 1881 y con él la ocupación de Lima por el ejército chileno, convirtiéndose la Escuela en cuartel. Todo lo que no fue llevado por los chilenos , fue destruído no quedando al momento de su salida en 1883, sino pura y simplemente el local, y éste en el más completo estado de inmundicia y ruina”.
  • Pero el espíritu de Habich, que conocía la lucha en defensa de los valores nacionales, no podría arredrarse ante el invasor. Duro es confesar que algunos de los profesores extranjeros y no pocos ingenieros del Estado abandonaron nuestras costas cuando el peligro se cernía sobre nuestras fronteras. No faltaron a Habich propuestas de Europa y de otros países latinoamericanos. Pero ¿acaso sería capaz de separarse de una obra apenas iniciada y ya destruida? No en vano pudieron decir los periódicos que el ingeniero Habich nos acompañó en nuestros momentos aciagos. Permaneció entre nosotros. Es más, se presentó ante el Jefe del ejército invasor para increparle la brutalidad de la soldadesca. He conocido, le decía, el barbarismo de los zares y he sufrido en carne propia su ferocidad, pero los rusos nunca se atrevieron en Polonia a tocar las instituciones de enseñanza. Vuestro ejército, proseguía Habich con un nacionalismo poco frecuente entre extranjeros, ha saqueado nuestro patrimonio cultural, ha practicado el pillaje en la Biblioteca Nacional y ha destruido los enseres y pertenencias de la Escuela de Ingenieros mostrando instintos más bárbaros que los feroces cosacos.
  • La increpación de Habich no dio todo el resultado apetecido. Le fue permitido solamente acercarse a los muros de la Escuela con dos carretillas y extraer el material que entrase en ellas. Pudo así salvar parte del archivo de la secretaría y de la dirección, que guarda hoy celosamente la Universidad Nacional de Ingeniería porque en esos documentos se da cuenta de los primeros pasos de la Escuela. Pero la mayor parte de los enseres fueron destruidos, los libros desmantelados, rotos los laboratorios y aun las cañerías dejadas en estado de inmundicia y ruina. ¿Que se podía hacer ante tal situación? La huida era una posición demasiado fácil para un hombre avezado a la lucha.
  • Sin contentarse con el estado de cosas, Habich acude a la única autoridad peruana del momento, el Alcalde Municipal de Lima, “A fin de que arreglara con las autoridades chilenas el modo más eficaz de resguardar el material del establecimiento, “pero tanto mi representación verbal -dice en un informe en 1883- llevada a cabo en los primeros días de febrero de 1881, como la que por escrito elevé al Sr., Alcalde en 16 del mismo mes, no dieron resultado alguno”. Instalado el Gobierno Provisorio, Habich se dirige al ministro de instrucción con el mismo objeto obteniendo el mismo resultado.
  • A pesar de las dificultades, de la carencia de local, enseres e instrumental de enseñanza, se abren las puertas de la Escuela en mayo de 1881 en un departamento del Instituto Matemático prestado por José Granda. A este local improvisado e inaparente acudieron alumnos y profesores para continuar con las labores académicas. Por otra parte, no había presupuesto para cubrir los gastos de mantenimiento y de sueldos. Por la ley de 1877 se había concedido a la Escuela recoger quince soles al semestre por pertenencia minera por concepto de impuesto. Esta entrada única fue suprimida en los años de guerra. Durante cuatro largos años los profesores y empleados reciben solamente una “buena cuenta” que cubría una parte mínima del sueldo establecido. En 1883, por ejemplo, se adeudan a Habich 12,133 soles de los 13,000 que debería haber recibido desde 1881.
  • Parecería que todo se confabulaba secretamente para disuadir a Habich de proseguir con la obra emprendida. Pero el hombre que supo hacer frente con un puñado de voluntarios mal armados al ejército de los zares estaba hecho a las dificultades, a la penuria, a caminar entre tropiezos. Y junto a él estaban quienes permanecieron fieles a su tarea de maestros porque conocían la trascendencia de la Escuela de Ingenieros. Había que reconstruir el Perú y nada podía contribuir mejor a esa reconstrucción, según la mente de Habich, que dotar al país de hombres disciplinados y capaces de explotar técnicamente las fuentes productivas.
  • Con un esfuerzo mancomunado se comenzó la reconstrucción. El local del Instituto Científico que prestara Granda era un viejo establecimiento que estaba derruido. Se alquila entonces por cien soles mensuales el Convento de Santo Domingo hasta que se practiquen las refacciones en el antiguo local. Había que volver a dotar a la Escuela de biblioteca o instrumentos de enseñanza. Habich acude para ello a particulares e instituciones nacionales y extranjeras pidiendo donativos, subscripciones gratuitas a revistas, muestras mineralógicas para los museos. Porque en las actuales circunstancias de depresión nacional, anota Habich, debemos reconstruirnos por el trabajo metódico y constante. Renace, pues, la Escuela con nuevos bríos empeñada en cumplir la tarea de dotar al Perú de directores del proceso de tecnificación en el que se estaba iniciando el país.
Alumnos en el antiguo laboratorio de Química de la Escuela de Ingenieros del Perú

Biografía de Edward Jan Habich - 8. Creación de la Escuela de Ingenieros

  • En enero de 1875 el Congreso autorizó al Ejecutivo para crear una Escuela de Minas, destinando 50.000 soles para los gastos de su instalación. Para llevar a la práctica esta autorización sabemos ya que Manuel Pardo envió a Habich a Europa para conseguir maestros y material de enseñanza. Por otra parte, en el Reglamento General de Instrucción Pública de 1876 se insistía en el artículo 343 “en la necesidad de crear Escuelas Superiores entre las que se nombra una Escuela de Ingenieros. El mismo 18 de Marzo de 1876 se aprueba el Reglamento Orgánico de la Escuela Especial de Construcciones Civiles y de Minas.
  • ¿Qué se pretendía con el nuevo centro de instrucción? En el artículo primero del Reglamento Orgánico se señalaba que “La Escuela de Construcciones Civiles y de Minas tiene poro objeto formar directores y conductores de trabajos de ingeniería civil, de explotación de minas, de establecimientos metalúrgicos e industrias químicas, propias del país”.
  • Los fines y objetivos de la Escuela, tal y como Habich los intuyera, quedaron plasmados en ese primer artículo. Se abandona, pues, la vieja idea de una escuela exclusiva de minas al estilo de las del barón de Nordenflicht o de Mariano de Rivero y Ustariz, para dar paso a una concepción más amplia. El criterio usado para la creación del nuevo centro dice directa relación a las necesidades del país. Se abrían dos ramas, Construcciones Civiles y Minas, por ser las de mayor urgencia en el Perú de 1876, pero a medida que fuesen aumentando las necesidades, se irían abriendo otras especialidades en consonancia con el criterio rector.
  • El Reglamento no hacía sino dar forma legal al pensamiento de Habich quien estaba convencido de la urgencia de formar en el Perú a los hombres que el Perú necesitaba para la mejor explotación de sus riquezas naturales. Basta recorrer los muchos escritos de Habich para cerciorarse de la importancia que atribuía a la minería y a las obras de irrigación. En el discurso de apertura de la Escuela decía “Las divisiones de la Escuela corresponden a las principales necesidades del país, cuyo porvenir depende de la extensión de sus vías de comunicación, del desarrollo de la explotación de sus riquezas naturales, del fomento de sus industrias y principalmente de la industria agrícola ligada por circunstancias climatológicas con obras hidráulicas de irrigación artificial. Las demás industrias hallarán también lugar en el desenvolvimiento progresivo de la enseñanza de la Escuela. El tiempo y la experiencia indicarán la mejor dirección y amplitud que deben darse a los estudios en varias especialidades”.
  • Fácil es, pues, advertir que para Habich los progresos de la Escuela y el proceso de tecnificación del país deben caminar en sintonía. La repetida frase “las necesidades del país” alude entonces no sólo a la causa que da origen a la Escuela sino al criterio que marcará el ritmo de su continuo desarrollo. En la Escuela se prepara a los hombres capaces de convertir las maneras empíricas de explotación de las riquezas naturales en una actividad científico-técnica a la que se acostumbra a los alumnos dosificando equilibradamente teoría y práctica.
  • Informada la Escuela con estos criterios que vierten el sentir de Habich se abre la inscripción y se inician las tareas escolares oficialmente el 23 de julio de 1876. Por decreto del 9 de mayo Habich había sido nombrado director.
  • Así nace la Escuela especial de Ingenieros de Construcciones Civiles y de Minas. Para Habich es la respuesta al último y más fecundo reto de su vida. Para los gobernantes es la creación de nuevas fuentes de ingreso para el Estado. Para los directamente beneficiarios, mineros y agricultores, comerciantes y pequeños industriales, la Escuela significa un nuevo paso hacia el ansiado progreso. Para el Perú de todos, una nueva veta de trabajo tecnificado y un lazo más que le unirá a Occidente. Para los grupos económicos europeos y norteamericanos, la posibilitación de áreas de inversión de capital. Para la estructura educativa del país, la Escuela supone el inicio efectivo de los sistemas empíricos y la valoración de la experiencia como piedra de toque de todo posible conocimiento que quiera ser tenido como verdadero. Para la sociedad peruana, la gestación de un tipo humano, el profesional técnico, que orientado por la utilidad como valor clave, estrenará una manera inédita entre nosotros de ser hombre.
  • En los claustros de la Escuela, ubicada en los viejos muros del Convictorio Carolino, se congregaban los más célebres científicos y técnicos de la época: Folkierski, Bruge, Martinet, Delsol, du Chatenet y tantos otros que secundaron cercanamente la tarea de Eduardo de Juan de Habich. Pronto llegarán los jóvenes peruanos, como primera generación de los maestros extranjeros, que supieron recoger la lección de seriedad y constancia dejada por sus profesores: Fuchs, Remy, Valdizán, Giraldo, Lissón hijo, Villarreal, Elmore hijo, Edmundo N. de Habich, Godofredo García, José J. Bravo y muchos otros.
  • Los alumnos provenían principalmente de la Facultad de Ciencias de San Marcos como G. García, M. Prado Ugarteche, F. Villarreal, que entraban en la Escuela habiendo obtenido el bachillerato y aún el doctorado en algunas de las especialidades científicas. Algunos egresados de la Escuela de Artes y Oficios engrosaron también las filas de los primeros ingenieros. No pocos de los ayudantes del Cuerpo de Ingenieros del Estado, que tenían ya una abundante experiencia profesional, perfeccionaron su formación siguiendo los cursos de la Escuela. Cuando en 1878 se instala la sección preparatoria oficialmente, en la que los estudiantes recibían instrucción básica en Matemáticas, Física y Química, comenzarán a afluir de los centros de Instrucción Media, principalmente del Colegio de Nuestra Señora de Guadalupe que dirigía con tanto acierto Sebastián Lorente.
  • En la Escuela de Ingenieros Habich desarrolló sus capacidades de maestro. Con un arte difícil de conseguir y más difícil de conservar, armonizó equilibradamente rigidez y suavidad, disciplina y afecto. Si era necesario reprender, el director llamaba al alumno y le amonestaba antes de imponer el castigo. Pero si la falta se repetía, venía la sanción que oscilaba desde la separación temporal de la Escuela con aviso a los padres o tutores hasta la expulsión definitiva. Habich estaba convencido de que la ingeniería en el Perú exigía mucho vencimiento interior y preparaba a sus alumnos formándoles la voluntad y acostumbrándolos a la responsabilidad. Por su influencia se establece en la Escuela un trato paterno-filial entre discípulos y maestros. Los alumnos sabían acudir a él en sus dificultades, para conseguir un puesto de trabajo, para pedirle recomendaciones cuando salen a desempeñar cargos al servicio del Gobierno o de particulares. Instaura también una relación cercana con los padres y tutores. Día tras día salen las cartas del director para ellos avisándoles de las deficiencias de sus pupilos o felicitándoles por los éxitos obtenidos por ellos. Cuando se producen situaciones anormales, Habich no tiene inconveniente en romper la disciplina regular para contemplar las circunstancias de excepción. La estima de que se vio rodeado por sus alumnos no era sino la respuesta natural de éstos al trato afectuoso del maestro que comprendía a cada uno según sus problemas individuales.
  • Los estudios se organizan divididos en tres años al cabo de los cuales los alumnos podían obtener el título de Ingenieros en Construcciones Civiles o en Minas. La enseñanza se divide en teórica y práctica, consistiendo ésta en ejercicios en laboratorios, museos y gabinetes, en visitas a centros mineros o a la ejecución de obras de construcción. En los veranos salían los alumnos acompañados de un profesor a las excursiones científicas en las que conocían la realidad ingenieril del país, la situación de las fuentes productivas, los medios reales que se usaban en su explotación, y se iba identificando con la vida que luego tendrían que desarrollar como profesionales.
  • Los profesores provenían de la Facultad de Ciencias de San Marcos y del Cuerpo de Ingenieros del Estado. También por ellos velaba Habich como si le estuviesen encomendados. Entiende sus dificultades y procura aliviar sus penurias. Con suavidad y rigidez al mismo tiempo les exige el cumplimiento del deber como maestros y sabe ser inflexible para el desorden y la irresponsabilidad. Para ellos será siempre el director, aun cuando Habich prefería considerarse como un colega más.
Alumnos en el antiguo laboratorio de docimasia de la Escuela de Ingenieros del Perú

Biografía de Edward Jan Habich - 7. El Reglamento General de Instrucción

  • Mientras el Perú necesitaba explotar nuevas fuentes productivas, en el área de la educación no formaba sino a científicos puros, ajenos a la aplicación directa de los conocimientos, a profesionales liberales y a técnicos de mando medio u obreros especializados salidos de las aulas de la Escuela de Artes y Oficios de Lima. Desde el especulacionismo de la Facultad de Ciencias de San Marcos, de reciente creación, hasta el practicismo de la Escuela de Artes y Oficios no había un paso intermedio. Por otra parte, todo el sistema educativo estaba regido por el Decreto de 1855 que no hacía sino añadir algunos elementos sin sistematizar propiamente el problema de la enseñanza. La urgencia de un reglamento general era, pues, evidente. Consciente de estas necesidades, Manuel Pardo había pensado en la creación de una Escuela de Ingenieros y en la reforma de la estructura educativa en el país.
  • Comisionado por el Gobierno, Habich viaja a Europa para conseguir profesores, programas, libros y material de enseñanza para una futura Escuela de Minas. Mientras recorría las principales instituciones de instrucción técnica, Manuel Pardo, a través del Ministerio de Instrucción, Justicia, Culto y Beneficencia, decreta la modificación del Reglamento de Instrucción Pública de 1855. Se nombra una comisión compuesta por J. A. Roca, M. A Fuentes, C. Ulloa, P. Pradier Foderé, J. J. Granda y P. Paz Soldán y Unánue, el literato que responde al nombre de Juan de Arona. Terminado el proyecto se designa una Junta Consultiva que inicia sus sesiones el 25 de septiembre de 1875.
  • Al regresar Habich de Europa, se lee en un documento manuscrito que se conserva en el Archivo Histórico de la Universidad Nacional de Ingeniería, “...el mismo Sr. Pardo nombró al Sr. Habich para que tomara parte en la Junta Consultiva de Instrucción para organizar una Escuela Especial de Minas”. El 29 de noviembre comenzó la Junta a ocuparse de la organización de los estudios de la Facultad de Ciencias conforme al plan presentado por Habich y Folkierski. El proyecto de los ingenieros polacos tendía a convertir a la Facultad de Ciencias en una escuela politécnica a fin de acomodarla a las necesidades de tecnificación del país.
  • No parece que el proyecto Habich-Folkierski tuviera buena acogida entre los científicos sanmarquinos, quienes se inclinan, más bien, a crear una escuela técnica separada de la Universidad, siguiendo las directrices trazadas por los ingenieros. En opinión de José Granda era esto lo más conveniente puesto que la Facultad de Ciencias no satisfacía ninguna necesidad real de la sociedad. Duras debieron parecer estas palabras no sólo porque provenían de un connotado científico sino porque ponían en entredicho a un centro de estudios de tan reciente creación.
  • En el proyecto de ley que será finalmente aprobado el 18 de marzo de 1876 se proponen ciertos cambios en la Facultad de Ciencias de notable significación en cuanto a la metodología de la enseñanza. La proposición de Habich y Folkierski no consigue cambiar sustancialmente la estructura de la Facultad aun cuando se dé más importancia a la práctica en laboratorios y gabinetes, pero convence a los miembros de la Junta Consultiva de la necesidad de propiciar la creación de una Escuela de Ingenieros.

Alumnos en el antiguo laboratorio de docimasia de la Escuela de Ingenieros del Perú

Biografía de Edward Jan Habich - 6. Reforma del Cuerpo de Ingenieros del Estado

  • Llevaba ya Habich tres años al contacto con nuestra realidad y era tal la tarea que se le presentaba por hacer que no dudó en renovar su contrato. En los últimos meses de 1872 nombra el Gobierno a Mariano Echegaray, Felipe Arancivia, Eduardo de Habich y Alfredo Weiler para formar una comisión encargada de redactar un nuevo Reglamento del Cuerpo de Ingenieros del Estado. Nos permitimos transcribir parte del informe emitido por los ingenieros porque refleja mucho de la mentalidad de la época y, en concreto, de nuestros primeros ingenieros. “La creación de la Junta Central tiene por objeto asegurar al Gobierno el concurso de un cuerpo competente, para ilustrarlo en sus decisiones y darle a conocer las aptitudes de los que pretenden ingresar al Cuerpo de Ingenieros y Arquitectos, punto en que no se puede tener demasiado esmero porque de él depende toda la eficacia de este cuerpo y al que no se puede atender debidamente, si el consejo que examina los títulos y conocimientos de estos individuos no es compuesto de personas que han hecho estudios profesionales”.
  • Se trata de crear un cuerpo asesor del Gobierno “capaz de proyectar, ejecutar y vigilar las obras públicas de interés general, estudiar el territorio de la República y reconocer sus riquezas minerales” como se especifica en el artículo primero del reglamento del Cuerpo de Ingenieros aprobado por Manuel Pardo el 21 de octubre de 1872.
  • La labor de este organismo y, especialmente, de su Junta Central no era ciertamente secundaria. Había que poner al país en marcha hacia la tecnificación para la mejor explotación de nuestras riquezas en una época en la que la economía del guano había entrado ya en abierta decadencia. Los entonces Ingenieros del Estado, extranjeros en su mayoría, comprendieron que la única manera de hacer producir eficazmente al Perú era estudiar científicamente sus riquezas naturales y planificar racionalmente los sistemas de explotación. Habich se percató tan de lleno de este principio que no se contentó con contribuir a la explotación de los recursos naturales sino que entrevió la urgente necesidad de posibilitar también el desarrollo de nuestro capital humano.
  • Pasados apenas dos meses de la dación de la ley que aprobaba el Reglamento del Cuerpo de Ingenieros, la Junta Central especifica con perfecta claridad la necesidad de montar un aparato legal que permita el acceso hasta el grado de ingeniero a los jóvenes peruanos más sobresalientes. Por ese tiempo la Escuela de Artes y Oficios de Lima, que había dirigido Manuel de Mendiburu y que luego reconstruyera Pedro E. Paulet, preparaba a los alumnos en un conjunto de habilidades mecánicas más apto para secundar que para dirigir las obras de ingeniería.
  • Dentro del Cuerpo de Ingenieros había diversas clases y grados: ingenieros, arquitectos y ayudantes. Pero hasta entonces estaba vedado el camino a los grados de ingeniero y arquitecto para aquellos que no hubiesen realizado estudios profesionales. El Perú no contaba con una Escuela de Ingenieros, por lo que los peruanos se veían reducidos a la tarea de ayudantes de los extranjeros. La Junta Central propone pues que “no debiendo ponerse en el caso de que un joven quede eternamente en clase de ayudante, es necesario obligarlo, por decirlo así, a que avance en la carrera, para que al cabo de un corto número de años pueda el Perú contar con bastantes Ingenieros peruanos, que puedan prestar servicios útiles tanto al gobierno como a las Municipalidades y aun a los particulares”. En vista de este criterio se recomienda que los ayudantes de primera clase, después de dos años de un servicio irreprochable para el Estado, tengan el derecho a optar al título de Ingeniero pasando por diversos exámenes de conocimiento y por muestras de sus capacidades técnicas. El servicio se convertía entonces en una escuela teórica y práctica. De esta manera se solucionaba la falta de una Escuela de Ingenieros.
  • Concluída esta misión, Habich se decide a renovar su contrato que expiraba en octubre de 1872. No creemos que se le presentase la tentación del regreso a Europa ni de hacer caso a otras ofertas de parte de Gobiernos Latinoamericanos porque estaba tan identificado con el Perú y tan percatado de sus necesidades y de la inmensa tarea que podía desarrollar que no era necesario convencerlo para que permaneciera en el país. Por otra parte, las gentes que mandaban en el Perú sabían que aquel extranjero no había venido solamente a poner parches a nuestros defectos congénitos y servir friamente a un Gobierno para justificar un sueldo que curiosamente no aumentó en cuarenta años. Habich estudiaba los problemas en su raíz y proponía remedios orientados hacia la fuente originaria de donde provenían. El Perú carecía de técnicos para la mejor explotación de fuentes productivas. Una solución podría haber sido importarlas. Pero para Habich la solución permanente al problema estaba en la gestación de los hombres capaces de crear esas técnicas.
  • Las múltiples comisiones que desempeñaba y que ocupaban su tiempo dentro y fuera de la capital, le obligaban a distraerse de lo que entendía como el problema nerval. En 1872 y 1873 es encargado de recibir el ferrocarril de Ilo a Moquegua que Meiggs terminara y en el que éste no se había ajustado a los términos del contrato celebrado con el Gobierno Peruano. Se encomienda a Habich defender los derechos del Perú y lo hace como si se tratara de su propio país. Emite después diversos informes sobre construcciones de iglesias en Tacna y Arica, sobre los ferrocarriles Juliaca-Cuzco y Chimbote-Huaraz-Recuay, sobre el puente Balta y sobre otro puente en el Rimac.
  • Así iba contribuyendo Habich al proceso de tecnificación del país. A través de los informes podemos advertir muchos de los rasgos de su personalidad y de las ideas directrices de su obrar como profesional. En Europa había conocido las más importantes construcciones y había sido testigo presencial del progreso alcanzado por los pueblos europeos a raíz de la tecnificación. Al llegar al Perú tendrá, pues, como ejemplo al que acude siempre consciente o inconscientemente “lo que se hace en los países más adelantados”.
  • Pero en el Habich peruano no se da solamente la herencia recibida en Europa. Llegó a las costas peruanas lo suficientemente joven como para aceptar aprender de la realidad. Desde su primera misión se había percatado de las dificultades que acechaban a los ingenieros en nuestro medio y que superaban cuantos tropiezos pudiesen tener los técnicos europeos. En el Perú había que domeñar una naturaleza indómita, unos ríos que rompen violentamente sus cauces varias veces al año, un desierto yelmo y reseco capaz de desafiar la constancia de las más férreas voluntades y unos montes que se elevan por sobre los seis mil metros como un puño que reta al tecnicismo mundial. Por eso era necesario aprestarse para la lucha con una naturaleza brava en demasía en donde, además, “faltan los recursos de toda clase”. Algo de ese viejo militarismo dejado en las fronteras polacas le fue necesario para dar respuesta a este nuevo desafío. Porque en el Perú no sólo faltaban los recursos para explotar las riquezas. Dada la ordenación política imperante, hecha de muchos retazos, los escasos recursos explotados habían sido hábilmente orientados por los grupos de poder económico hacia sus propios beneficios. Era pues necesario un notable caudal de conocimientos para modelar la naturaleza según las apetencias del vivir humano, había que estudiar cuidadosamente los proyectos y experimentarlos antes de decidir su ejecución, pero era también necesaria una dosis no menor de integridad personal y de ética profesional para hacer que las obras revirtiesen en bien de la colectividad y no sólo en provecho de unos pocos. De la unión de la ciencia y de la técnica recibidas en Europa al conocimiento experiencial de nuestra realidad natural y humana, sacó Habich esa sabiduría práctica que se tradujo en obras de indudable contribución al progreso del país según los cánones valorativos del momento.